31.3.06

NI EL BOTELLÓN

Lo reconozco: siempre miraba la web de Plataforma Amárica antes de ponerme manos a la obra con los tres mil caracteres que tengo que escribir para rellenar este espacio cada siete días. Ahí encontraba todas las noticias que sobre cultura se habían publicado durante la semana. Y así tenía ya el trabajo medio resuelto. Pero esta vez no he podido. No por pundonor profesional, sino porque la web, desde hace días, ya no se actualiza. Plataforma Amárica, como ya dije la semana pasada, se ha disuelto. Y su útil “noticiero cultural”, foro de debate incluido, desaparece. Es una lástima. Pero a nadie parece importarle. Incluso es más: alguno que otro habrá brindado con champagne por la desaparición de este crítico colectivo.
Y hay otro hecho que, también, me ha dado que pensar esta semana: la fallida asistencia vitoriana “al super botellón”. El llamamiento tuvo su buena acogida en todas las ciudades españolas. Los chavales se concentraron en plazas y parques. Pero en Vitoria no funcionó. Esa es la realidad: hasta el botellón falla aquí. Y no es que uno sea amante de que los chavales se mamen por las calles hasta bordear el coma etílico. Porque uno preferiría que los jóvenes se congregaran, también, con fines más idealistas. Aunque fuera para revindicar estupideces a gritos. Pero la realidad es que ni siquiera se unen para practicar uno de los deportes más asentados en estas tierras. Deporte que si se practica con buena materia prima, con moderación y sin molestar, ni tan mal. ¿Qué más da que lo hagan en la calle, en los bares, o en sus casas?
Lo que a mí me parece extraordinario del “microuniverso cultural” de una comunidad es que siempre refleja su “macrouniverso social”. Por que lo que acontece en el ámbito cultural se puede extrapolar a todas las esferas de la sociedad. Por eso a mí me gusta hablar de cultura. Porque no encuentro ningún ámbito que refleje mejor el estado de una comunidad. Y por eso me parece sintomático lo que ha sucedido con la desaparición de Plataforma Amárica. Y con el significativo silencio social posterior. Y también me parece representativo lo que ha pasado con la “cultura del botellón” vitoriana.
Si a mí me interesa la música, el cine, la cultura en general, no es porque sea un intelectual o un “cultureta”. Me interesa porque ésta sirve para crear sociedad. La producción y participación en el ámbito cultural sociabiliza. La gente intercambia experiencias en un concierto o alrededor de una fotografía. Se crean debates. La gente se divierte. Le da al coco. Se comunica. Eso es la cultura. Enriquece nuestras vidas.
Esta ciudad es muy cómoda, sí. Hay mucha tranquilidad. Pero es la calma de una ciudad muerta. A nadie le interesa ya abandonar su pantalla de plasma en ese piso que pagará durante cincuenta años para asistir a una conferencia o una exposición, por ejemplo. Ni para acudir al botellón. A no ser que se desarrolle en una suite del Hotel Lakua con botellas de Don Periñón bien frías y a gastos pagados.