3.6.06

TMEO

En el 88 conozco a Simónides. Me convence (a mí y a otros) para que compre “acciones” de una revista: TMEO. Y compro dos. No sé de dónde sacaría yo, un estudiante de veinte años, esas cincuenta mil pesetas.
TMEO tiene, por entonces, su sede en Pamplona. De vez en cuando unos cuantos vitorianos ayudamos en los montajes. Todo se hace a mano. Nada de ordenadores. Las separaciones de colores se hacen a ojo. A base de negro sobre acetatos. Nunca sabías cómo iba a quedar el color hasta que veías un TMEO impreso.
En una ocasión el estado financiero de la revista era paupérrimo. Una ruina. Y es que en el número doce decidimos pagar a los dibujantes, y vender Tmeos en todo el Estado a través de una distribuidora nacional. Tardamos cinco números en darnos cuenta de que estamos arruinados. El cierre es inminente. Patxi, el repartidor de aquella época, dice recordar que la calderilla que le sobra cuando hace los cobros en los bares la suele echar dentro de un calcetín. Vuelve a su casa y en el cesto de la ropa sucia se encuentra el susodicho calcetín. Dentro de él hay más de cien mil pesetas. El TMEO está salvado.
¿Alguien tiene un ejemplar del número once? Le doy mil euros a cualquiera que me lo consiga. Es broma: el número once no existe. No sé quién se equivocó a la hora de poner el número. Alguna cosa rara debió fumar. Del diez pasamos directamente al doce.
En el 94 alquilamos un stand para la acudir a la gran feria del cómic europeo: Angouleme. Nos han nominado como mejor fancine europeo. Pelut y Nono vienen en coche desde Barcelona a recogernos. A Mauro, a Orue y a mí. Salimos hacia Angouleme. Llegamos. Nos bajamos del coche. Estamos rodeados por la policía. Nos cachean en busca de estupefacientes. Al fin llegamos a las carpas que albergan los stands. Están ya cerrados. Nos vamos de bares a la búsqueda de otros dibujantes españoles. Gente de “El Víbora y de “El Jueves”. Llegamos de madrugada al hotel. Y tenemos que compartir nuestras dos habitaciones dobles con cinco dibujantes más que no tienen sitio donde acomodarse. No podemos dormir nada. A la mañana, montamos nuestro stand. Decidimos hacer turnos para atenderlo. Yo hago el primero. Después Mauro me releva. Cuando regreso al cabo de un par horas el stand lo atiende un punki francés que yo no he visto en mi vida. Debajo del stand está Mauro durmiendo. El punki se encargó de llevar el stand los dos días restantes. A cambio pudo vender en nuestro puesto un fancine suyo.
Hay mil anécdotas que se podrían contar sobre TMEO. Una publicación que recibió el premio al mejor fancine del Estado en el salón de Barcelona, y el de mejor fancine europeo en Grenoble. Cinco mil números vende cada dos meses.
Y hoy es el último día para poder visitar la exposición “La factoría TMEO”. En la uni. Trasmitir los veinte años de la irreverente revista a través de una exposición… Difícil empresa
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