24.8.06

AGUAFIESTAS

Las revueltas aguas han vuelto ya a su cauce: Vitoria vuelve a ser una ciudad tranquila. Porque nuestro ayuntamiento, una vez más, con la subida del Celedón, ha impuesto el “toque de queda”. El espíritu festivo como vino se fue. Y hasta la próxima convocatoria oficial: en Noche Vieja.
No me gusta como se celebran las fiestas por estos lares. Porque, a parte de la molestia que suponen estos ruidosos actos pseudoculturales para mí -y para cualquiera que viva en el Casco Viejo-, creo que no se reflexiona lo suficiente sobre ellas. Sobre qué son y para qué sirven. Yo siempre he sido defensor del acto cultural como mecanismo que sociabiliza. Creo que la cultura deber desarrollarse en la calle e insertase en el día a día de nuestras vidas. En esta sociedad en la que las relaciones personales cada vez son más abstractas y más virtuales cualquier actividad que nos permita conocernos, intercambiar opiniones, reflexionar en común, participar, mirarnos a los ojos, nos nutre como personas y ciudadanos. Y, a diferencia de otros actos culturales, las fiestas se viven en la calle. Y en ellas la gente es la protagonista. Las fiestas son del pueblo, ya que fueron creadas por él, y no por la institución. Por eso ésta no debe de apropiárselas. Sólo debe de mediar, aportando los recursos necesarios, para que la gente participe. Y yo, en estas fiestas, no veo participación. Veo un aluvión de actividades a las que la gente acude como espectadora. A no ser que se llame participar a beber, vomitar, y orinar sobre las calles del Casco Viejo. ¿No sería interesante que todos lo grupos y colectivos de esta ciudad contribuyesen de forma activa en la programación de los actos festivos? Contando, especialmente, con los ciudadanos de otras culturas que se han establecido aquí recientemente. Mucho tienen que enseñarnos sobre ese asunto. No hay más que ver cómo viven las fiestas los sudamericanos, por ejemplo. Ellos no gritan ni orinan ni vomitan por las calles. El baile, el ritmo, la música, el contacto, la sensualidad, son los protagonistas.
El otro día leí que dos pueblos de España acaban de celebrar la Noche Vieja. Porque hace años, ambos poblados, sufrieron un apagón el treinta y uno de diciembre. Y, como no pudieron celebrar el fin de año esa noche, decidieron trasladar el festejo a agosto. Fue una decisión espontánea y de todos los vecinos. Después acordaron mantener esa fiesta todos los veranos. Y es que no nos podemos parapetar en las tradiciones para defender manifestaciones culturales que igual ya no responden a nuestras necesidades actuales. De la misma forma que todas las fiestas veraniegas fueron inventadas hace cientos de años por nuestros ancestros para celebrar de forma pagana la llegada del buen tiempo, y después el cristianismo las modificó y se las apropió para darles un cariz religioso, nosotros también podemos trasformarlas para responder a las necesidades actuales de los ciudadanos.