28.8.06

INDIGESTIÓN

No sé quién dijo que hacer el amor, comer y ver cine son tres actividades que todo ser humano gusta de practicar. Siempre que medie la calidad, añadiría yo. Porque en estos acelerados tiempos que vivimos ninguna de esas tres artes se disfrutan como se deberían de disfrutar. Ni en agosto. Mes que debería de ser (por razones obvias) el más propicio para gozar de ellas.
Pero me centro en el cine. Y no porque los otros dos asuntos tengan menos interés. Sino porque de todo no se puede hablar. El espacio, como el tiempo, es limitado.
Este mes he ido bastante al cine. Y he salido indigestado de las salas vitorianas. No por exceso de palomitas. Ni por visionar demasiadas películas. Sino por la escasa calidad de éstas. He acabado harto de ver películas bobaliconas. Y es que estoy hasta la coronilla de esas películas americanas que, se supone, son para adultos, pero en las que tanto los personajes como la trama rayan el infantilismo. No sólo “el Poseidón” ha volteado: es todo el cine producido por Hollywood. Es el mundo al revés: las películas dirigidas al público infantil tienen guiones más inteligentes que las dirigidas al sector juvenil y adulto. Y entonces ¿por qué ese triunfo en taquilla del monocorde cine “made in USA”? Porque la realidad es que en la Unión Europea el 75% de la cuota de mercado el año pasado fue para Hollywood. La sombría verdad es que ese elevado porcentaje no la consiguen por la calidad de sus películas sino por la presión que ejercen sobre los mercados europeos. Nos meten el cine americano con calzador. Y es que la Asociación de Cinematografía de los Estados Unidos -importante agencia de la industria estadounidense que representa a las siete grandes productoras americanas- dispone de capacidad para negociar los contratos de exhibición con los gobiernos de los países extranjeros. E incluso tiene autoridad y poder para adoptar posiciones disuasorias o de fuerza. Y es que Hollywod está presente en el sector de banca, las líneas aéreas, los seguros, las agencias de alquiler de carros, el crédito, la informática, la venta por correspondencia… Por poner un ejemplo Columbia Pictures pasó a depender en 1982 de la Compañía Coca-Cola.
No soy partidario, a priori, del proteccionismo cinematográfico. Porque las veces que se ha protegido el cine nacional el resultado ha sido un «cine dirigido». Cine realizado no para el público, sino para los funcionarios que daban las ayudas. El proteccionismo oficial impidió, además, el crecimiento industrial, ya que se ayudaba a los directores y no a los productores. Pero mientras continúen estas circunstancias de «comercio injusto» bienvenida sea la «excepción cultural». Es la única forma de proteger la diversidad y hacer posible la existencia de otro cine diferente al tedioso de Hollywood.