18.10.06

CONTACTO

El único dato que conocemos sobre nuestros equipamientos culturales es el número anual de visitas. No hay estudios sobre la estructura del público. O si existen, no se dan a conocer. No tenemos información sobre los tiempos de visita empleado por los visitantes, sobre sus ritmos de frecuentación, sobre las variaciones de éstos según sus diversas características sociales… Tampoco sabemos si el visitante entiende o no lo que ve. Los pocos estudios publicados sobre este asunto en otros países son esclarecedores: el público que acude a esos lugares, en su mayoría, pertenecen a las clases cultas. La distribución de los visitantes según su nivel de instrucción es elocuente: la mayoría de los visitantes han cursado estudios superiores. Y los niños que acompañan a sus padres a los centros de arte adquieren una predisposición para en el futuro adquirir ese “vicio”.
En teoría, cualquiera puede acudir a los centros de arte. No hay razones económicas que justifiquen lo contrario. El precio de las entradas no es elevado. Pero en la práctica sólo los que han recibido una educación “artística” los visitan. Sólo la clase culta se siente empujada a cumplir con sus obligaciones culturales. El contacto con el arte desde la infancia les encamina hacia ello. Por contra, las clases populares no sienten esa necesidad. Es más: no se dan cuenta de que se pierden algo, ya que nadie les ha metido ese “veneno” en el cuerpo. Además muchos no quieren ser tildados de “culturetas” por sus amigos y “pasan”, por ello, de ir a estos espacios.
Y es que el hábito y el aprendizaje son claves para que alguien pueda entender lo que en nuestros museos se muestra. Pero, en la Escuela, el arte contemporáneo no se enseña. Y los departamentos pedagógicos de los centros de arte no tienen fuerza suficiente para educar a los ciudadanos. El mundo del arte se opone al mundo de lo cotidiano como lo sagrado se opone a lo profano. Los museos siguen siendo templos destinados a unos pocos fieles. Y a algunos les interesa que eso siga siendo así.
El otro día asistí a la inauguración en Montehermoso de una jugosa exposición del artista alavés Ibón Sáez de Olazagoitia. Era obvio que la sala estaba repleta de amigos, conocidos y familiares suyos. Mucho más llena que cuando expone un artista foráneo. La mayoría de los asistentes no formaban parte del público habitual que acude a exposiciones de arte. Pero ahí estaban. Por Ibón. El contacto con el arte se daba en ese espacio y en ese momento de una forma familiar. Ibón atendía a sus conocidos y les explicaba, y les guiaba por la muestra. Y es que la mayoría del conocimiento que adquirimos en nuestras vidas nos llega de manos de amigos y familiares. Y por eso los cercanos a los artistas acaban siendo sensibles ante el hecho artístico. Y es que para la cultura se expanda, se popularice, es preciso que las instituciones impliquen en ese proceso a los artistas locales.