14.11.06

PAVOS REALES

El pintor Fernando Amárica murió en un día de noviembre de hace ya diez lustros. Entre nosotros hay muchos vitorianos que aún le recuerdan. Aunque el mundo ha cambiado bastante desde entonces. Y, claro, nuestra ciudad con él. Amárica era un personaje muy popular en la Vitoria de antaño. Todos le conocían. Porque en esa ciudad de entonces ser un pintor local era ser algo. Que pregunten a los vitorianos de ahora si saben decir el nombre de algún artista local. Me temo que muy pocos sabrían responder a esa pregunta. Aunque, seguro, recitarían de corrido la alineación del Taugrés al completo. Pero continúo: Amárica, cómo decía, era un pintor popular que vivía en la plaza que, ahora, lleva su nombre. Habitaba en una mansión con un vasto jardín, en el que había muchos árboles y plantas exuberantes. Y pájaros exóticos. Y pavos reales. Los niños de entonces pegaban la nariz a los barrotes de la verja que rodeaba la mansión para poder verlos. El vergel de Amárica era un espacio un tanto mágico y misterioso. Como sacado de un cuento. Fernando era de buena cuna, de familia adinerada. Y por eso fue un artista absolutamente vocacional. Dedicándose en exclusiva a pintar y a viajar por gusto: fue a Roma, París y Madrid… Y pintaba muy bien, además. Y disfrutaba con ello. Pero siempre volvía a su pequeño oasis situado en el corazón de su ciudad. Supongo que porque su propio corazón latía al unísono con el de la ciudad. Y no necesitaba nada más. No ansiaba ser famoso fuera de Vitoria. Él formaba parte de la ciudad, de su biografía. Era un personaje admirado y admirable. Y es que cuando alguien se siente necesario, cuando alguien encaja en una comunidad y aporta a ésta parte de su vida y de su trabajo sintiéndose reconocido por ello… ¿para qué irse? Amárica murió y legó su mansión, sus propiedades, su obra, a la ciudad. Quería que su palacete se convirtiera en un museo, con un jardín abierto al público para que los vitorianos pudieran deleitarse con su legado. Quería que los demás disfrutaran a su muerte de aquello que él había disfrutado en vida. Pero poco caso le hicieron. La herencia se tramitó a través de la fundación que lleva su nombre. Y ésta vendió hace años casas y terrenos del pintor para obtener recursos, dicen ellos. Ni siquiera existe ya ese último reducto de su herencia: la sala Amárica. Espacio en la que los artistas de la ciudad en pleno nos solíamos reunir en torno a la inauguración de turno. Esa sala nos aglutinaba. Y en ella se podía aún respirar algo del espíritu de ese pintor local que pintaba para disfrutar, y para que sus amigos disfrutaran al contemplar su trabajo. Eso sí: su obra, ahora, puede ser vista en el Museo de Bellas Artes de Álava. Ocupa toda una planta. Pero ahí no hay ni palmeras exóticas ni pavos reales que desplieguen sus plumas multicolores. Ni, mucho menos, niños con la boca abierta pegando sus narices a ninguna verja.