14.1.07

ANUARIO

Llevo ya un año con esta columna. Y lo que más me ha llamado la atención de este “trabajo” es la cantidad de gente que, durante ese tiempo, me ha llamado, “maileado”, o hablado conmigo para quejarse al sentirse aludidos en mis columnas. Algunas veces me han despertado a la mañana los gruñidos de alguno de ellos. Y en otras, me han llegado indirectamente, a través de conocidos mutuos, protestas de algunos personajes con los que no tengo trato personal. También es verdad que hay excepciones que confirman la regla, ya que unos pocos de los “afectados” han demostrado tener un espíritu muy deportivo felicitándome y animándome a seguir.
Nunca me había sentido tan próximo a un árbitro de fútbol. Aunque el balompié no es lo mío. Hace unas semanas, por ejemplo, un tío me acusaba de “dar jabón” a, llamémosle, fulanita. Cuando paradójicamente fulanita, escasas horas antes, me había dicho que no le gustaba el tono de mi crítica hacia la institución que ella representaba. Y no es porque me moleste que alguien discrepe sobre lo que yo digo, cosa que me parece sana. Lo que me irrita es que utilicen un canal privado cuando yo uso uno público. Para eso habilité un blog. Pero muy pocos dejan su opinión firmada. Se ocultan bajo el anonimato. Me han llamado de todo. Y yo a todo el mundo contesto. Eso sí: en el mismo tono en que me escriben.
Los que me llaman a cualquier hora de cualquier día me dicen que prefieren transmitirme a mí directamente su sentir. ¿Qué pensarían ellos si yo hiciera lo mismo? ¿Si en vez de expresar lo que pienso en mi columna les llamara un sábado a la mañana a su casa para decirles que tal o cuál cosa no me convence? Sería de locos ¿no? No quieren que sus respuestas sean públicas, por eso me llaman. Con lo que el sentido de mi columna se pierde. Porque no se genera ningún debate público.
Ejercer la crítica públicamente en esta ciudad es una ardua tarea. Así que hay días que uno cree que lo mejor sería no poner en entredicho nada. Hablar bien de todo y de todos. Dar unas opiniones pasteurizadas y anodinas. Pero uno sigue “en sus trece” porque cree que la expresión razonada, pública, libre, y suscrita de una opinión es esencial para el buen desarrollo de una sociedad y de su cultura.
Y tengo que reconocer que yo mismo me muestro crítico con algunas de mis columnas anteriores. La identidad, la personalidad, la opinión de cada uno de nosotros no es algo estático. Es más: pienso que nadie deber parapetarse en una batería de ideas concretas (llámese ideología) cerrándose a todo lo que no pertenezca a ella. Sería como encorsetarse en un traje para toda la vida. Esta columna es la expresión de mi opinión sobre un tema en un momento determinado. Solamente eso. Y mi opinión de hoy mismo puede contradecirse con la de hace un año. Supongo que un día tendré que sacar un anuario con mis cambios de visión sobre ciertas realidades durante ese lapso de tiempo. Como hacen las enciclopedias todos los años.