16.5.07

CAMPAÑA

“Bueno, se está acabando nuestro tiempo… y nos queda todavía en el tintero un último asunto: la cultura”, oía el otro día en la radio. Palabras dichas por una locutora. A su alrededor algunos candidatos electorales alaveses habían estado esbozando sus programas durante casi una hora. Y el último asunto a tratar era el cultural. Pero el tiempo se acababa ya… Todo esto me pareció una metáfora de lo que sucede en nuestra sociedad: que la cultura es siempre el último asunto a tratar. A pesar de ello cada uno de los candidatos tuvo tiempo para resumir en tres o cuatro frases su programa político en materia cultural. No me caí de la silla de milagro. Frases improvisadas: que si el ambar, que si el turismo, que si la catedral, que si tenemos esto o lo otro, que si Artium, que si el arte internacional…Se acabó la precisión. No sabían ni qué decir. Hasta ese momento los políticos habían esbozado en materia social, económica, educativa, apoyándose en datos, estadísticas, y todos los temas finalizaban con un acalorado debate en el que unos refutaban hábilmente los argumentos de los otros. Pero al tratar el tema cultural no sabían por dónde les daba el aire. No hubo ya debate. “Con el lío que tienen en la cabeza no me extraña que deleguen la gestión de los recursos culturales en el director de Museo de turno. Y que éste les venda la moto de la ciudad global sin obtener resistencia”, pensé.
Y es que los políticos de pequeñas y medianas ciudades aprenden perfectamente las nuevas reglas de “la gestión hacia arriba” de mano de los gestores provenientes de medianas y grandes ciudades. Es decir: se suman al carro de la globalización con lo que ello contrae: mecanismos de marketing, grandes infraestructuras… El típico binomio ladrillo-espectáculo. Todo ello en aras de atraer turismo. Lo hemos visto y lo seguiremos viendo. Y así los políticos cada vez son más ineptos a la hora de establecer los mecanismos para la gestión hacia abajo: la localización. Bajo este “status quo”, resulta una utopía plantearse una gestión horizontal, tal y como rezan las Agendas locales para la sostenibilidad (ciudadanía, cultura, convivencia y participación). Así pues, se profesa la política cultural para la ciudad global y se olvida la cultura de proximidad.
A los alcaldes de la ciudad global querer situarse en la esfera mundial les parece guay. Y lo local les sabe a rancio. El alcalde de la ciudad global diseña ésta con servicios e infraestructuras para el ciudadano global: el turista que visita los espacios culturales globales, el empresario que acude a un congreso global, el espectador que consume la última tendencia del arte conceptual… Por contra, implicar a la ciudadanía en procesos de decisión, gestión y acción cultural para integrar los valores y manifestaciones culturales de los múltiples y diversos individuos y colectivos que componen el rico crisol de la “ciudad local” actual exige mucho criterio. Y mucho trabajo.