14.6.07

ANTIGUO

Escudriñando en mi ordenador me suelo topar con ficheros que datan de los noventa. Reliquias que se generaron en un ordenador que ya nadie querría ni regalado. Primero tuve un ordenador 286, después un 386… Y, finalmente, tras cinco o seis más, éste último con el que escribo esta columna. Pero muchos de esos archivos “antiguos” están grabados en este equipo. Por ejemplo, mi primera obra digital realizada en 1992 con un programa de retoque fotográfico, con “Photoshop”. “El espectador impasible” se titula. Aparezco yo, embutido en un impoluto buzo blanco, en medio de una terrible escena de guerra. Quince años de edad son muchos años para un fichero digital. Pero una cosa me llama la atención de estas vicisitudes. Y es que cuando abro, muchas veces por curiosidad, un fichero de varios lustros parece que el tiempo no ha pasado para él. La pantalla del ordenador no me muestra un virtual papel amarillo y arrugado. Quizá yo pueda reconocer la antigüedad de ese archivo por cómo está escrito, o por el diseño ya obsoleto de sus contenidos. Pero para otra persona que no me conozca, el fichero es imposible de datar por su aspecto. El paso del tiempo en el mundo virtual no existe. No hay polvo que se pose sobre los ficheros, ni termitas que puedan merendárselo. Y una vez más me pregunto qué se pierde y qué se gana con estas transformaciones que ha traído consigo la tecnología. Aunque el problema de hacernos hoy en día este tipo de preguntas es que para cuando tenemos las respuestas, o creemos que las tenemos, las preguntas han cambiado. Son otras. Y necesitamos, como en Internet, una contraseña nueva para introducirnos en ese nuevo sistema.
Y hasta este domingo podemos comprar obras centenarias en la Feria del Libro Antiguo de Vitoria. Una de las dos únicas muestras -Madrid es la otra- existentes en el Estado sobre este tipo de publicaciones. Esta decimotercera edición volverá a contar con una subvención municipal de 6.000 euros. Es una pena que no se apoye a este tipo de iniciativas con más recursos. Pero en esta ciudad todo lo que suena a antiguo suena a rancio. No es la primera vez que digo que Vitoria ignora, desprecia, cambia o destruye todo lo que tiene que ver con lo antiguo, con lo viejo. Con la única excepción de la Catedral Vieja. Excepción un tanto parcial. Porque ahora la llamamos Catedral de Santa María. Y al Casco Viejo lo llamamos Casco Medieval. Vitoria quiere ser una ciudad global. Y parece ser que lo antiguo, lo viejo, no casa con esas ansias de conversión en ciudad postmoderna de postal.
Y en otras capitales europeas, más avanzadas en materia cultural que la nuestra, vemos como las ferias de libros antiguos se valoran como se merecen. Porque lo antiguo debe de convivir con lo nuevo siempre que tenga su interés. Porque, hoy en día, uno puede navegar con su portátil en una terracita de diseño minimalista para diez minutos después ojear un libro centenario, descatalogado e ilocalizable en la red.