6.6.07

FRACTURAS

Pronto asistiremos al cambio de poder en las instituciones alavesas. Pero no creo que veamos “cambio” en la manera en que nuestros políticos, todos ellos al margen del color de su partido, gobiernan. La lectura que éstos deben de hacer sobre los resultados de las elecciones tiene que ser más profunda. La reflexión no debe versar sobre quién ha perdido o ganado votos. Sobre qué líder es más o menos carismático. Sino sobre por qué año tras año, la distancia que separa al político de la sociedad a la que pretende servir y representar es más grande. El escenario post- electoral, con el abstencionismo electoral como protagonista, es de ruptura. Y ese proceso de ruptura, que paulatinamente se acelera entre sociedad civil e institución, hace años que lo vinimos sufriendo los que nos dedicamos a la cultura. Porque nuestro micromundo es como un sismógrafo. Registra los procesos de cambio antes de que la sociedad tiemble. Y hace años que la fractura entre el mundo de la cultura y el de las instituciones locales se ha producido. Ni ayer ni hoy toman los políticos en consideración la opinión de los agentes culturales locales. Diseñan la ciudad como quieren, gestionan los recursos destinados al ámbito cultural como les da la gana. Despotismo ilustrado articulado sobre su mundo de jerarquías y de burocracias. Con una gestión vertical, no participativa, decimonónica, aplicada incluso en estructuras como Museos o Centro de arte Contemporáneo. Espacios que debieran de ser más “contemporáneos” a la hora de ser gestionados. Y el paso siguiente, la fractura con el ciudadano, ya ha llegado. Los partidos no consensúan, no negocian, con sus miembros, con sus bases, los programas electorales. Ni con el resto de la sociedad. ¿Cómo entonces quieren que después la ciudadanía vote? Es absurdo. En países con más tradición democrática que éste ya no se funciona así.
Y nos han vendido sin consultarnos un tranvía ya obsoleto. Porque las opciones más actuales de transporte urbano pasan por estudiar otros medios cuyo impacto ambiental en las ciudades sea menos traumático. Y el gasto infraestructural menor. Ahí está el metro-bus de las Vegas o de Bogotá. Y nos han vendido la reforma de la Virgen Blanca con una intervención de tufillo “mininal” absurda en una plaza de estas características. Porque son los nuevos barrios los que tienen que acoger intervenciones contemporáneas, actuales, de riesgo. Como el nuevo auditorio. No hay más que visitar el barrio de “La Defense” en París para entender a qué me refiero. En los viejos barrios sólo hay que intentar restaurar y conservar lo antiguo. E intentar que los residentes en estos barrios no se sientan como extras de una película en la que los protagonistas son los turistas.
Hoy en día los políticos tienen que intentar implicar a los ciudadanos en todos los procesos participativos posibles, y no sólo cuando se acerca el instante de introducir el papel en la urna. Porque entonces ya es demasiado tarde. La sociedad no es tan tonta.