12.7.07

EL CRÍTICO

A nadie le gusta que valoren negativamente su trabajo. Y menos en público. Es un hecho que yo he podido constatar en ocasiones. Y eso que, desde un principio, en esta columna he dejado claro que no me interesaba hablar de tal o cual exposición. Me interesaba más hablar de actuaciones culturales. De las actuaciones de los gestores públicos más que de la relevancia artística de una obra determinada. Porque unas malas políticas culturales pueden dejar a un territorio cojo en materia cultural. Pero en ocasiones hay obras de artistas, urbanistas, arquitectos, situadas en espacios públicos, sobre las que sí he opinado. Porque todo lo que se coloca en la calle, en ese espacio que es de todos, es visto por mucha gente. Y si esa obra, si esa intervención, no es válida, hay que decirlo. Con argumentos, claro. Puesto que lo que se sitúa en la calle parece estar legitimado por no sé cuál entidad superior. Las intervenciones en el escenario público tienen su peso, influyen, a veces para bien y otras para mal, en la gente y en su manera de entender el arte. Y por eso he criticado la colocación de figuritas de bronce en la calle, o la colocación de escaleras mecánicas, y de diverso mobiliario urbano estridente, en el casco viejo. Cualquier intervención en un espacio de indiscutible valor cultural tiene que integrarse en él. Estableciendo un diálogo con su entorno. Eso es de cajón. De primer curso de arquitectura o de bellas artes. Pero parece ser que a todo el mundo le gusta intervenir agresivamente en el centro de esta ciudad. Para que su obra se vea y bien. De la misma forma que cuando alguien se compra un modelito nuevo se pasea por el centro de la ciudad. Para que le vean. Y eso es un error. Estamos viendo como el centro de nuestra ciudad está lleno de parches improvisados que buscan ser nuevos protagonistas de escenarios que no los necesitan: estatuas, esculturas, murales, mobiliario urbano…. Sin orden. Sin criterio.
Cuando critico la actuación de un conocido en un espacio público éste suele replicarme "esa es tu opinión". Y prosigue: "pues a tal o cual artista, arquitecto, vecino, le encantó lo que hice". Yo suelo contestarle: "La gente prefiere darte una palmadita en la espalda y decirte que le gusta lo que has hecho, antes que manifestarte algo que te puede molestar" Somos así: si visitas la exposición de un amigo y éste te pide tu opinión sobre ella tú le dirás que está bien, aunque no lo creas. Porque te vence la cortesía. Por eso es necesario que exista la valoración sincera: la del crítico al que se le paga por esa labor a veces ingrata.
El crítico no opina sólo por él mismo. Sino que pone encima de la mesa las opiniones inexpresadas de muchos. Posiblemente aquel que te dice que tu obra le ha gustado, a los cinco minutos le estará contando a un amigo mutuo que esa obra tuya no le convence nada. El crítico no habla por su boca, habla por la boca de esos muchos que no se atreven a decir lo que piensan.