28.7.07

MENOSMEGAS

Creo que es una impresión no sólo mía sino que más personas la comparten: en nuestro entorno próximo, Vitoria, los nuevos creadores surgen con cuentagotas. Y no sé si esto pasa en otras ciudades. A mí me parece que no. O por lo menos creo que aquí ese fenómeno es más acusado. Vivir para el arte, o vivir del arte, hoy no es algo que atraiga a las nuevas generaciones. Puede que el sentido práctico de los jóvenes sea, aquí y ahora, más fuerte que su sentido creativo. Como decía la canción de Golpes Bajos: “malos tiempos para la lírica”. Y esa realidad, para mí un tanto sombría, contrasta con la cantidad de infraestructuras públicas especializas en arte y cultura contemporánea en nuestra ciudad. Curiosa paradoja.
Pero hay excepciones. Y una de ellas, el colectivo “Menosmegas”, presenta en Zuloa-Espacio hoy la exposición “Un año sin parar”. “Menomegas” está formado por las creativas alavesas Nerea Lekuona, Soledad Calzada y Puy San Martín. Estos días cumplen su primer aniversario como grupo, y para celebrarlo presentan en Zuloa una selección de sus incursiones en el terreno del arte. "Menosmegas" utiliza recursos del mundo del diseño gráfico y de la publicidad, buscando así un deliberado acercamiento al gran público. El colectivo alterna su trabajo artístico, este que podemos ver en la exposición, con trabajos en el campo de la publicidad y del diseño gráfico. Curiosa mezcla. Porque la finalidad de la publicidad es “vender” productos o servicios. Hay un componente creativo, está claro. Pero la creación no es el fin sino el medio. El medio para vender algo. El diseño y la publicidad son artes aplicadas. O funcionales. En cambio, en la muestra, el diseño y la publicidad se usan como fin en sí mismo. No hay detrás un producto que alguien pueda adquirir. Está delante: porque es obvio que alguien puede comprar a “Menosmegas” una de las obras expuestas. Pero sería similar a comprar el diseño de un cartel que anuncia, por ejemplo, un perfume.
El arte sigue siendo, en gran medida, un mero producto de compra y venta. Al igual que hace cinco siglos. Un producto muchas veces único, pero un producto al fin y al cabo. Aunque también hay un arte que no es un producto. Que nadie lo compra para tenerlo en su casa. ¿Quién compra la obra de un vídeo-creador, por ejemplo? ¿O quién compra una instalación? Los museos lo hacen. Porque es su labor “archivar” lo que la sociedad produce en el terreno artístico. Pero más que comprar un producto lo que se está comprando es un no-producto. Y eso, en un mundo cada vez más ultraconsumista, tiene su componente subversivo. Cuando un artista se niega a crear productos, que puedan ser objetos de especulación, en un mundo en el que todos nos hemos convertido en especuladores, incluso muchos creadores, eso tiene su miga. Por eso me gusta ese proyecto “menosmeganiano” de diseñar productos que no están en venta. O porque no existen o porque no tienen valor económico.