11.8.07

IMPÍAS FIESTAS

Leo estos días que las asociaciones de comerciantes y hosteleros de nuestra ciudad demandan un cambio de fechas en la celebración de las Fiestas de la Blanca. Es ésta una petitoria que siempre ponen encima de la mesa cuando éstas arrancan en sábado. Está claro que ese hecho les perjudica económicamente: la mayoría de los vitorianos salen a las calles sólo el sábado, el domingo descansan, y el lunes se van de vacaciones a tomar el sol. A comerciantes y hosteleros les gustaría que las Fiestas se celebrasen en julio, y que viniesen miles de turistas, y que los vitorianos no se fueran de su ciudad. Y que unos y otros se dejaran aquí todos sus dineros.No es la primera vez que hablo en esta columna, desde una perspectiva cultural, de las Fiestas. Porque siempre me ha interesado su intrínseco carácter social. El protagonista es el propio pueblo del que éstas surgen. Y, por ello, las fiestas tienen una enorme dimensión creativa, participativa, lúdica. Las fiestas estivales que se celebran en nuestro país nacen, ancestralmente, de modo similar: en comunión con los ciclos del trabajo agrario. Cuando la vida giraba entorno al campo. Y unas conmemoran la llegada del buen tiempo, y otras simplemente un largo periodo de descanso entre el cultivo del producto local y su posterior recogida. Y las posteriores fiestas religiosas son un invento de la Iglesia para patrimonializar ese fenómeno pagano. Y así donde antes se celebraba un acontecimiento ancestral, unido a la realidad cotidiana y vital del pueblo rural, ahora –o hasta hace poco- se homenajea a tal virgen o santo. Se sustituye el secular culto al sol por el pío culto a Dios. Y se bautiza a las fiestas laicas para convertirlas en religiosas. Lo que me parece curioso es que, hoy en día, seguimos viviendo esa milenaria pugna por el control de la Fiesta. La semana pasada el obispo de Guadalajara declaraba: "otro peligro que acecha es la necesidad que algunos sienten de que sus fiestas, tengan atractivo turístico, sobre todo, si son declaradas de interés turístico mundial, nacional, regional o provincial, o aunque sólo sea de interés turístico local”. Y continuaba diciendo: "está bien que los turistas acudan a nuestras fiestas religiosas, si ello sucede por la devoción que inspiran o por la belleza de su celebración", pero que cifrar su éxito en que sea "declarada de interés turístico no deja de ser una desviación de los objetivos" de la fiesta religiosa. Parece ser que la Iglesia, que fue la que cambió hace siglos el sentido original de la fiesta, ahora se queja de este nuevo cambio que estamos viviendo. Pero en algo tiene razón: está manifestando un fenómeno que es real. Porque, ahora, la gente no acude a una ciudad a poner flores a tal o cual virgen. O a celebrar la llegada del buen tiempo. Sino a consumir. Sustituimos el Dios de la Iglesia por el Dios del euro. La fiesta se convierte en espectáculo. Y el pueblo en mero consumidor.