27.9.07

EN VENTA

El miércoles la concejala de cultura esbozó las nuevas líneas de actuación de su legislatura. Lo sé porque lo leí en la prensa. Pero no sé muy bien si reflexionar en voz alta de lo publicado en este periódico sobre ese asunto o sobre lo que leí en otros medios. Porque las versiones sobre lo que dijo la concejala difieren según sea la procedencia de la fuente informativa. En cualquier caso esta incongruencia mediática es síntoma de algo: que nuestros representantes políticos en materia de cultura siempre hablan de cambios, pero nunca cambian en lo esencial: no explican en vivo y en directo a las personas del ámbito cultural vitoriano sus líneas de actuación. Que en esta ciudad existan profesionales que lleven diez, veinte, treinta años trabajando en el mundo de la cultura no parece importarles. Porque no les llaman para contarles las nuevas políticas que posiblemente les afectarán. Y menos aún para pedirles consejo sobre ellas. Esa forma de hacer es, en sí misma, ya una forma de hacer política. Y es la forma de hacer política de siempre: vamos a cambiar la cultura pero sin que participe en ese cambio el propio mundo de la cultura. "Debemos vendernos mejor", afirma la máxima responsable del departamento de Cultura. Y, explica, acontecimientos de dimensión estatal como el Festival Internacional de Jazz, Azkena Rock Festival, Magialdia o Periscopio son marcas de identidad sobre las que hay que incidir. "A la mayoría les falta un impulso para convertirse en enclaves indiscutibles de la cultura nacional e internacional". Ya estamos con la canción de siempre. En eso tampoco hay cambios. Ni aquí ni en el resto de las ciudades de tamaño mediano de este país. Todas ellas quieren ser internacionales, mundiales, ser visitadas. Y eso es imposible. De la misma forma que todos, como personas, no podemos ser famosos e internacionales. Se entiende la ciudad como un producto que hay que vender y consumir y no como un espacio que hay que construir y habitar. Estimada concejala: yo, como parte de esta ciudad, no quiero ponerme en venta. Es este un asunto que tiene que ver más con la psicología que con la cultura. Deberíamos, por lo tanto, psicoanalizar a las ciudades medias. Si yo fuera psicólogo de ciudades le preguntaría a Vitoria: ¿tus ciudadanos van a ser más felices viviendo en una ciudad famosa, internacional, mundial? ¿No será que te dejas arrastrar por la fiebre de la competitividad y del consumismo imperante en todas las esferas de esta sociedad enferma? ¿Para qué necesitas venderte? ¿No será porque tienes la autoestima por los suelos? ¿Necesitas venderte para sentirte más apreciada? Competir con las ciudades vecinas no es necesario en una ciudad que realmente sea auténtica, y por lo tanto feliz. Ser importante es algo que llega, no que se persigue. Vitoria: ya sabemos que tienes mucha pasta para derrochar organizando mil eventos. ¿Pero quieres que te aprecien por tu dinero o por ti misma?