19.9.07

NUEVO CURSO

Empieza un nuevo curso para muchos. Una gran mayoría comenzará en calidad de alumnos, y una gran minoría como profesores. Yo mi incluyo en el segundo grupo: he empezado ya a impartir clases de pintura en mi pequeño estudio. Llevo años con esto de las clases. Quizá esta ocupación, la pedagógica, sea la actividad que he desarrollado de forma más tenaz y constante a lo largo de mi vida. Nunca la he abandonado. Ni ella a mí.

Y hablar sobre el arte desde esta posición, desde la del enseñante, me hace hablar distinto. Porque no es igual opinar sobre éste desde la posición del artista, del crítico, del historiador o del profesor. El enfoque cambia. Las preguntas serán las mismas, pero las respuestas mutan. Y aunque el mundo de la enseñanza del arte parece ser único, al poco también se nos muestra como dispar: no es lo mismo impartir o recibir clases en una universidad de Bellas Artes, que en un colegio, un centro cívico o una academia. Los personas, sus problemáticas, los contextos son totalmente distintos. Porque ¿qué tiene en común, por ejemplo, una ama de casa que pinta para disfrutar unas horas a la semana con un estudiante de Bellas Artes que quiere trabajar de diseñador gráfico cuando termine sus estudios? Es obvio que para esta pregunta existe una evidente respuesta: tienen en común la materia que se imparte, el arte. Pero yo iría un poco más allá de la propia superficie de la pregunta. Creo que la enseñanza del arte, en cualquier ámbito y en cualquier contexto, es muy distinta a la enseñanza de cualquier otra materia. De eso me percaté ya en edad temprana, cuando acudía de niño a un pequeño estudio ubicado en la calle San Antonio. Estudio que abandoné para entrar en la Escuela de Artes y Oficios. Y cerré esa puerta para abrir otra: la de la facultad de Bellas Artes. Lugar éste donde se enseñaban las nuevas corrientes del arte contemporáneo. Y aunque el aprendizaje para mí fue muy diferente en cada uno de esas tres escuelas –distintos enfoques, metodología, etc.- podría afirmar que un fino, pero nítido, hilo conductor las unía: se nos enseñaba que los dibujos, las mezclas, los proyectos, las preguntas se podían resolver de mil formas. ¡Qué diferencia con la experiencia como escolar en el colegio o en el instituto! Donde las preguntas inexorablemente siempre debían responderse con una única réplica. Si te inquirían sobre cual era el monte más alto del mundo la contestación sólo podía ser una. Si te preguntaban cuánto eran dos más dos sólo había una solución posible. Y si no la acertabas, te pencaban.

La creatividad es necesaria. En un mundo plano lleno de respuestas únicas el hombre necesita fabricar otras. Sobre un lienzo en blanco las posibilidades, las respuestas, son múltiples. De la misma forma que a la hora de vivir, de articular nuestra existencia, las posibilidades deben de ser también plurales. Eso te enseña la enseñanza del arte.