28.11.07

PAUPÉRRIMO

¿Qué pasaría si nuestra existencia la dedicáramos sólo a vivir contados sucesos grandiosos, desterrando de ella las miles de pequeñas vivencias, los cientos de pequeños actos diarios que la pueblan? ¿Qué pasaría si viviéramos sólo para los grandes hechos y el resto del tiempo lo invirtiéramos preparándolos y preparándonos? Con la cultura está pasando lo mismo. Todo tiene que ser gran acontecimiento: faraónicos museos, tremendos centros culturales; acogiendo, generando emblemáticos eventos. Y los cientos, miles de sucesos, actos creativos, que deberían de ser generados por los ciudadanos, que deberían de llenar la vida de una ciudad, hace tiempo que no tienen lugar. Nunca antes se había destinado tanto dinero para la cultura y nunca antes la cultura, la real, la que tiene lugar fuera de las instituciones, había sido tan imperceptible, tan mínima. El otro día un amigo mío -fotógrafo de profesión- me invitaba a su estudio para que viera lo que se cocía en él. Estaba creando algo nuevo y su proyecto era invitar, una a una, en una especie de “pases privados” a media docena de personas. Yo le comenté que su oferta me parecía extraña y completamente inusual: porque ya nadie, ningún creador, abre su estudio a la gente. Nadie te ofrece vivir una experiencia en su estudio. El ecosistema cultural se muere. Crear por crear, como práctica vital, se está acabando. Cualquier acto creativo tiene que tener ahora un sentido, un fin práctico. Y así vemos a muchos artistas de brazos cruzados esperando que les llueva algún encargo. Y a otros concursando. Como si estuvieran preparándose para unas oposiciones. Esperando ese tren que muchas veces no llega. Se han convertido, o el sistema les ha convertido, en empresarios. Empresarios que tienen que especular con su obra para no acabar en el paro.
Y por otra parte los cuatro gatos que todavía tienen ganas de generar cultura porque se lo pide el cuerpo -un festival de cómic, una exposición de arte en un pabellón industrial, unas jornadas sobre un tema de interés, etc.- lo tienen muy difícil. Tienen que trabajar a cobijo de la institución. Porque si quieren parir algo fuera de su seno… ¿cómo lo hacen? ¿Compitiendo? Si generas, por ejemplo, una obra de teatro y cobras entrada, la institución genera diez obras y casi gratis. Te lo ponen difícil. Pero Dios aprieta pero no mata. Y para eso han creado las subvenciones. Para que el ecosistema cultural no termine por morir. Aunque lo mantienen en un estado de animación suspendida. Por otra parte las subvenciones no abundan por estos lares: las únicas que apoyan la gestión de actividades culturales relacionadas con las artes son las del Gobierno Vasco. No hay más. O las tomas o las dejas.
Y estos días la Fundación Rodríguez, colectivo de artistas afincado en nuestra ciudad, ha rechazado la subvención que les ha concedido el Gobierno Vasco. Un rechazo destinado a generar debate en torno al “sistema subvención”. Esperemos que así sea.