28.1.08

SIN FIN

Tengo “los pilares de la tierra” clavados en el coco. Y es que estos días casi me ahogo sumergido en el “mundo sin fin” de la prensa local: Follet, Follet y más Follet. Aunque, por otra parte, me he llevado una agradable sorpresa: he constatado que buena parte de esta ciudad –revisen en internet los foros de los diarios y lo podrán comprobar- no aprueba la forma de actuar de nuestras instituciones sobre el “asunto Follet”. En mi blog, por ejemplo, una mujer comentaba: “La verdad es que yo también estoy harta de ver al Follet hasta en la sopa. Supongo que lo único que están intentando hacer es vender la ciudad a cualquier precio. Y si eso significa traer a un galés canoso hasta aquí que vende libros como churros a 28 euros cada, ya lo han conseguido.” Y es que lo triste de este asunto es ver qué fatuos valores están promoviendo nuestras instituciones. Si analizas lo que subyace detrás de la visita de Follet a Gasteiz uno se deprime: se gestiona la ciudad cual programa televisivo. Lo importante es conseguir espectadores. Y si son del ámbito nacional o internacional, mejor. El otro día, en la primera reunión de consejo social de la ciudad, los presentes escuchamos al nuestro alcalde durante dos horas. Se supone que el consejo es un organismo de participación ciudadana… pero no: sólo participó, en esta ocasión, nuestro gobernante. No vino a oír, sino a hablar. Pero bueno… a lo que iba: escuchándole, vi la luz. Entendí el caso Follet. Para nuestro primer edil, la ciudad es una empresa que hay que gestionar eficazmente en aras de crear riqueza. Hay que sacarle rentabilidad económica a cualquier actuación, a cualquier proyecto. Un ejemplo: habló el alcalde de que el “anillo verde” está guay, pero que hay que pensar cómo amortizarlo. Y de que -siguiendo con otros ejemplos- el auditorio va a disponer de un sistema técnico avanzado para que en él se puedan grabar programas de televisión. Es decir, se pueda alquilar a terceros. En resumen: tenemos a un alcalde que administra nuestra ciudad en base a premisas puramente económicas. Su objetivo es conseguir que todos seamos ricos. Y famosos. Ante esta propuesta está claro que muchos baten palmas. Son los mismos que se entusiasman por la llegada de Follet. Se embriagan con ese modelo construido sobre la idea de que el capital y la fama son las fuentes últimas del bienestar. Pero la pregunta es siguiente: ¿la felicidad de una persona –o de una ciudad- se basa en la cantidad de dinero que gana? El alcalde está tirando de ese hombre de negocios que todos llevamos dentro. O de ese que aspira a la fama. Aunque luego ese tío –rico, pero insatisfecho; famoso, pero hueco- acabé tirándose por la ventana.
“La cultura no es un bien cuantificable ni siquiera visualizable. Alimento del espíritu, circula por el intelecto, afina la sensibilidad ayudándonos a entender el mundo y a disfrutar de sus bellezas”, escribía el otro día en un diario el escritor, afincado en Vitoria, Antonio Altarriba