16.4.08

MATERIA PRIMA

El arte nos incita a salir de nuestras casas, porque se experimenta con más intensidad en vivo y en directo. Y es así como la música, el cine, las artes plásticas parecen multiplicar su misterioso efecto al ser disfrutados en espacios concebidos especialmente para ellos. Espacios en los que compartimos esa experiencia con otras personas: en los cines, en las salas de exposiciones y conciertos… El arte se convierte así en un acontecimiento presencial y colectivo en la era del acontecimiento virtual y privado.
Y estos días podemos escaparnos a ARTIUM, Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo, para contemplar las últimas obras de arte adquiridas por dicha institución en estos últimos tres años. Desde su apertura en 2002, la colección ha incrementado sus fondos propios en un setenta por ciento. Ya son casi tres mil piezas las que el Museo alberga en su seno. Y de vez en cuando nos enseñan unas cuantas reunidas, agrupadas, bajo un título expositivo. Pero en esta ocasión no. En esta ocasión Artium nos presenta una muestra de sus compras sin articularlas, sin relacionarlas entre sí. Las han comprado y las han situado en varias salas sin más. Sin intermediarios -ya sean comisarios, críticos de arte o técnicos institucionales- elaborando un tema que sirva de excusa para colgar tal o cual cuadro, o para situar tal o cual escultura. De la misma forma que un cocinero bautiza un plato en el que podemos ver diversos ingredientes unificados por una presentación genial y una salsa imaginativa, en los centros de arte y museos últimamente gustan de actuar de forma similar. Pero esta vez en Artium, en “Ultimas adquisiciones” podemos ver “los ingredientes” en estado puro. La obra de los artistas se muestra tal cual. Como fue concebida en su propio estudio. Y eso es interesante. Porque estábamos ya tan acostumbrados a “degustar” obras de arte tan “cocinadas (algunas incluso “recalentadas”) que volver a rencontrarnos con el sabor original de su materia prima puede ser toda una experiencia.
Y de entre todos los “ingredientes” mostrados en Artium sobresale uno. Por su fuerte aroma. Por su carácter interactivo y popular. Lleva por título El museo de la calle, y es obra del sevillano Federico Guzmán. Se trata de un proyecto iniciado a finales de los noventa en Bogotá, donde el artista vivió un tiempo. Un proyecto artístico que se nos muestra como mercadillo atiborrado de objetos de la más diversa índole. Desde juguetes, trofeos, discos, libros de segunda mano, herramientas, utensilios del hogar, objetos decorativos, cuadros, posters,... Y este improvisado “rastro” funciona mediante el sistema de trueque: el espectador puede llevarse cualquier objeto expuesto siempre que, a cambio, deje otro en su lugar. El museo de la calle ha estado así en permanente mutación desde que se mostrara por vez primera en la capital colombiana en 1999 en otra muestra colectiva. No deja, por lo tanto, de ser una creación colectiva. Como todo arte, en el fondo.