25.4.08

ÁNGEL CAÍDO

“De este mundo no podemos caernos”, decía Grabbe en su obra trágica Hannibal. Pero algunos caen. No los sujetos en sí, sino las ideas que tenemos sobre ellos. Y el otro día alguien cayó: un profesor de la Facultad de Bellas Artes. Con él, crítico e historiador, descubrí hace más de veinte años la vanguardia artística. Me abrió la puerta de un mundo nuevo. Era un dómine, y lo sigue siendo, culto, inteligente, intuitivo, amante del arte. Y el otro día coincidimos en Vitoria junto con un amigo mutuo, un joven artista, después de una charla sobre arte que había impartido aquel. Y lo que yo pensaba que se iba a convertir en una tertulia agradable, inteligente y de interés se convirtió en un juego ingrato. Porque el profesor no hablaba, hablaba la botella vacía que tenía delante. Uno nota cuando alguien habla tanteándote cual ciego de Lazarillo de Tormes para buscar un punto sensible en tu cabeza donde atizarte con el cántaro de vino. Primero arremetió largo y tendido contra el cómic, después contra mi trabajo, para acabar incidiendo en mi relación con otro creador. Yo mantuve el tipo. Por respeto a mi antiguo profesor. Y porque con una persona ebria que quiere buscarte las vueltas poco puedes hacer. O le sigues el juego embroncándote con él o “te haces el orejas”. Mientras escuchaba su perorata de alcohólico me acordaba de un ensayo del filósofo Antonio Marina: “La inteligencia fracasada”. En esa obra habla de cómo la inteligencia de una persona puede fracasar cuando elige un fin equivocado. Y yo, en esos momentos tenía un vivo ejemplo en frente: un profesor inteligente arremetiendo con su saber cual ariete contra mí, o contra cualquiera que se le pusiera por delante. Porque a la media hora de ver que no conseguía ninguna reacción por mi parte se revolvió como un perro rabioso contra nuestro amigo mutuo. Inteligencia fracasada porque el fin último de toda persona es encontrar la felicidad. Obvio. Pero cuando ves que alguien se provoca sufrimiento a sí mismo y a los demás, sin ninguna utilidad, gratuitamente, entonces te das cuenta que tienes en frente a un “inteligente estúpido”.
Todos sabemos que la vida resulta a veces pesada, y ante esa angustia existencial que a todos nos oprime ya señalaba Freud que hay satisfacciones sustitutivas que la reducen (“no se puede prescindir de las muletas”, dijo Theodor Fontane). Para Freud una de ellas es el arte, por su positivo efecto que ejerce en el creador y en el espectador. Y así debe ser: la cultura, el arte, deben servir como herramienta que nos permita vivir a todos más y mejor. Y un profesor de arte debería saberlo. Debería saber que en arte es más importante la “actitud” que la “aptitud”. “La belleza está en el trato” dijo una vez el poeta. ¿Para qué sirve la cultura si se usa como arma contra los demás y contra uno mismo?
“Por lo demás, siempre mueren los otros…”, decía el epitafio de Duchamp. “Siempre caen los otros”, pensará alguno.