23.4.08

NOVELA GRÁFICA

El Club de Lectura de Artium ha dejado provisionalmente de lado las novelas para fijar su atención, por primera vez, en “la novela gráfica”. La idea de ese club mola: primero se recomienda la lectura de una novela, después la gente se la lee en su casa, y finalmente se reúne en Artium junto a un moderador para su puesta en común. Y esta vez me ha tocado a mí ejercer de maestro de ceremonias. Se me ocurrió recomendar la lectura del cómic “Contrato con Dios” de Wil Eisner. Y fui al Museo para diseccionar ante el público esa obra. Me esperaba un grupo numeroso de personas. Curioso. Porque cuando alguna vez alguien me han llamado para hablar sobre cómic, el público siempre ha brillado por su ausencia. Pero, en esta ocasión no. Lo primero que dije (siempre con mi tacto y mi buen tino habitual) es que eso de la “novela gráfica” no existía. De la misma forma que no existe la “novela filmada” o la “novela pintada” o la “novela dramatizada” Existe el cómic. Aunque cuando éramos unos nenes a los cómics les llamábamos “chistes”. Después crecimos y los apodábamos “tebeos”. En los ochenta cuando empezamos a leer material más trascendente importamos el término anglosajón “cómic”. En los noventa empezamos a utilizar un término castellano “historieta”. Y ahora parece ser que al cómic de autor hay que llamarle “novela gráfica”. Muchos nombres para vestir a un mismo santo.
Los editores del sector han puesto tapas duras a los cómics, han seleccionado las obras más enjundiosas, e intentan distribuir ese material por librerías y grandes superficies comerciales dedicadas al libro. Y les llaman “novelas gráficas”. Un eufemismo. Síntoma de algo: no existe un ente en este país, llámese “Academia del cómic”, que establezca criterios y ordene el caos del medio. Aunque estamos viviendo un nuevo boom de la historieta. Con la instauración del Premio Nacional de Cómic muchas miradas, antes escépticas, que provienen de esa cultura, llámese oficial o “alta”, convergen hacia un nuevo punto de atención: el cómic. Pero la calidad de una obra no puede medirse por la calidad del papel en el que está impresa. Ni por su grosor. Ni por sus tapas duras. Y uno, hace unos días, pudo ver un reportaje televisivo en el que salía un pretendido experto afirmando con vehemencia sobre la obra “Contrato con Dios”: “esto no es cómic, es novela gráfica”. Se confunde, por lo tanto, el continente con el contenido.
Hubo una lejana época en la que sólo, o casi, existía un cómic de evasión, sin sustancia. Destinado muchas veces a un público infantil o juvenil. Pero desde hace décadas el cómic es un medio legítimo de expresión. ¿Qué me dicen de la obra “Maus” de Spiegelman, por ejemplo? Recibió uno de los prestigiosos
Premios Pulitzer en 1992, una beca de la Fundación Guggenheim y dio lugar a una exposición en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Y podría enumeras cientos de obras similares… que pocos hemos leído. Quizá ahora que son “novelas gráficas” esta triste realidad cambie