9.5.08

selva

En marzo estuve en Iquitos. Ciudad peruana decadente, plagada de “Indianas Johns” de pacotilla, aborígenes risueños y neo hippies colgados de la ayahuasca. Iquitos es una ciudad bañada por el Amazonas. Más allá se extiende la selva como gran mar vegetal. Si te dijeran que esa pobre ciudad es la última ciudad del mundo, te lo creerías, pues sólo es posible llegar a ella en barco o en avión. No hay carreteras. La gente se traslada en ruidosos motocarros. Y en el centro de Iquitos han construido hace poco una plaza. Con su fuente de luz, su farolas de diseño y sus bancos minimilistas. A la noche los amazónicos se sientan sobre éstos y contemplan durante horas los juegos de luces, el agua de la fuente... Y hablo de Iquitos porque Vitoria me la recuerda estos días: la nueva plaza de la Virgen Blanca está en boca de todos. Nuestro ayuntamiento ha sido el artífice de este fenómeno. Porque el debate surgió desde la propia institución. Hasta hace cuatro o cinco años nadie se preguntaba si el monumento de la Batalla de Vitoria era bonito o feo. O si la plaza de estilo victoriano era fea o no. Y ahora tememos Plaza nueva con monumento viejo. Y sales a la calle y unos opinan una cosa, otros otra bien distinta... ¿Te gusta cómo ha quedado la Plaza?, preguntas. Y las respuestas son múltiples. Podrían servir a un psicólogo para elaborar un test de personalidad. Provincianos, tradicionalistas, modernillos, pasotas, excépticos… todos nos retratamos con las respuestas.
¿Y a mí que me parece la plaza? Yo siempre he pensado que nuestros responsables políticos quieren quitar ese monumento para convertir la plaza en un páramo pelado donde poder colocar perpetuamente una carpa enorme. Esperen que se lleven el monumento y verán si tengo razón o no. Quieren la plaza pelada para poder realizar sus exposiciones, sus ferias, sus campañas de autobombo. Sin que nadie tenga más remedio que chocarse con ellas. Porque no hay otra forma de hacer uso de esa plaza. Ha quedado tan desnuda que si llueve te calas, y si sale el sol te achicharras. Los que sí saldrán beneficiados son los bares y las cafeterías instaladas en la Plaza. Y los distribuidores de sombrillas. Yo la prefiero como era antes: fea. Me pasó en su día con Ramoncín: tenía una nariz fachosa, se operó y le pusieron una de catálogo. Perdió toda su gracia. La antigua plaza podría ser fea, sí, pero tenía carácter. Ahora tenemos una plaza que no gusta ni disgusta. No es “ni chicha ni limoná” Es tan sosa como una institución pública. Porque el Ayuntamiento han hecho algo homologable, “moderniqui”, de catálogo de Ikea. Es una pena. Que la institución diseñe es peligroso. Cualquier artista habría proyectado algo más imaginativo. Esta plaza se quedará desfasada en tres o cuatro años. Pero entonces pondrán nuevas farolas y nuevos bancos. No deja de ser curioso que la Plaza se convierta en un catálogo de mobiliario urbano. Una plaza a la moda, actualizable cada nueva temporada.