29.10.08

REHILANDO

Un fanzine es una publicación realizada por y para aficionados. Sus intereses no son económicos. Funciona gracias al desinterés y entusiasmo de sus colaboradores, usando medios de edición de bajo costo y vendiendo el producto a un precio que permita cubrir los gastos. Los años setenta y ochenta fueron su época dorada. Por entonces no existía internet, obvio. Así que los fanzines se usaron como canal de comunicación entre colectivos de todo tipo: sociales, culturales, políticos... Su forja, trabajando en equipo y a pie de fotocopiadora, ya era en sí una forma de socialización. Servían, ergo, de “pegamento social”. Y permitían, a su vez, la conexión con la sociedad distribuyéndose, en precario, por bares y librerías. La palabra “fanzine” era sinónima de independencia, de amateurismo, de expresión libre. Por estos lares, recordamos fanzines setenteros como “Euskadi sioux” y “Araba Saudita”. Y los ochenteros, y más dedicados al cómic, “Copyright” y “Octopus”. Por no hablar del “TMEO”. Pero el fanzine sigue gozando de buena salud. Ahora mismo entre mis manos tengo uno recién editado: lo acabo de conseguir en la librería Zuloa. Se llama “Hari gorritxuak”. Su estética es muy similar a la de los fanzines de antaño: impreso en monocromo, grapado a caballete, cubiertas sencillas. La breve editorial dice así: “Esta nueva edición de ”Ensoñaciones Tobogán” recoge y agrupa algunos de los materiales que ha ido generando, o que se han hallado en el proyecto de investigación “Hilos Rojos”. Sin orden ni categorías, estos datos se presentan como un cruce de impulsos creativos, como un magma todavía caliente.”
“Hilos rojos” es un proyecto del artista Fito Rodríguez conformado por tres vídeos documentales. Vídeos que almacenan los testimonios de algunos representantes de la actividad cultural de Vitoria y que recogen, en definitiva, un trávelin de los treinta últimos años de la vida de nuestra ciudad. Pero de una forma muy personal, para nada historiográfica. En línea con la tradición oral. Entendiendo ésta como el registro del pasado confiado a la memoria y la transmisión oral entre generaciones. Porque antes del desarrollo de la escritura, la tradición oral, los ritos, las costumbres y el arte, eran los únicos mecanismos que permitían la transmisión cultural de una generación a otra. Con el invento de la escritura el registro de la historia –y su manipulación- pasa del pueblo a los escribas. Por eso es interesante volver a recuperar el testimonio de los propios protagonistas, o espectadores, de la historia. Como señala Fito: “El objetivo del proyecto es retomar ciertas energías, dinámicas, actitudes y procesos de trabajo para buscar su reconexión con una institución cultural cada vez más compleja, apelando a su capacidad de incidencia social. Se trata de reconectar esos hilos rojos que en algún momento quedaron cortados a través de la puesta en valor de ese bien común que son las experiencias personales y colectivas de nuestra ciudad”