21.2.09

IN MEMORIAM

La comunidad del arte contemporáneo en esta ciudad es como una pequeña galaxia. Quizá en ciudades más grandes este hecho no se produzca tan acentuadamente. Pero en Vitoria, sí: artistas, gestores públicos y privados, teóricos… conforman una nebulosa unida por fuerzas de atracción y de repulsión. Fuerzas centrífugas y fuerzas centrípetas. Ambas necesarias para que la galaxia exista. La comunidad del arte es también comparable a una familia. Una familia unida por fuertes lazos, con miembros que tienen vida propia e independiente: hay primos que no se hablan, tíos lejanos siempre ausentes, hermanos que se adoran, hijos rebeldes, abuelos respetados… generando entre ellos una tupida red de encuentros y desencuentros, amores y rencores. Pero los desencuentros y rencores, no son tales: aparecen siempre atenuados, como velados. Pues esos lazos, los de la pasión por el arte, son intensos, siempre están ahí. Son lazos que se han ido tejiendo años tras año, proyecto tras proyecto, exposición tras exposición. Pocas veces se rompen, como mucho se estiran. Y cuando uno de los miembros de esta familia desaparece, un pequeño seísmo la sacude de arriba a abajo. Porque hasta el primo lejano está atento a lo que acontece en su familia. Cuando un miembro fallece, entonces es cuando esta realidad, la de la nuestra comunidad del arte, se hace más real. De los creadores siempre queda su obra, obvio. Dicen que el artista siempre busca inmortalizarse a través de ella. Yo no tengo claro que sea así. Ese deseo lo veo más presente en los museos, celadores y guardianes del hecho cultural. Pero sí tengo muy presente que el trabajo de un artista no sería inmortal sin la ayuda de los mortales: gestores, galeristas, directores de museos, aficionados, forofos, compradores, visitantes…. Sin la ayuda de buena parte de la sociedad, en definitiva. Aunque también es de rigor reconocer a cada uno lo suyo: unos realizan una labor más relevante que otros. Quizá por su militancia, por la pasión con la que acometen sus proyectos. Y la semana pasada desapareció una de estas personas: Emilio Melguizo. Emilio era delineante de profesión, y pergeñó con su hermano Joxerra y con su pareja Carmen López Castillo uno de los escasos proyectos enfocados hacia las prácticas artísticas contemporáneas que acogió Vitoria durante la primera mitad de los años 90. Estamos hablando de la galería CM2. El espacio acogió trabajos de Gerardo Armesto, Francisco Ruiz de Infante, Arancha Goyeneche, Txaro Arrazola, Pablo Milicua, Alfredo Álvarez Plágaro, Mintxo Cemillán, Josu Pena, Imanol Marrodan, Sonia Rueda, Anabel Quincoces, Dora Salazar, Manu Muniategiandikoetxea o Natalia Pastor. Fueron más de treinta exposiciones las que tuvieron lugar entre 1992 y 1996. Y cuando mostraba su trabajo la artista Juncal Ballestín, el espacio sufrió una inundación terminando por cerrar. CM2 y Emilio Melguizo forman parte ya de la historia de la cultura de nuestra ciudad.