6.2.09

LA MONTAÑA

Paul Cezanne, artista nacido en Francia en 1839, es considerado hoy el padre del arte contemporáneo. Al parecer Cézanne fue un tipo solitario. No salía demasiado. Ni tenía muchos amigos. Paul era muy meticuloso a la hora de trabajar, reelaborando continuamente sus obras, buscando eso que buscan muchos artistas: entender la realidad a través de sus obras. No es que fuera un perfeccionista de la técnica, es que quería intentar reflejar la verdadera esencia de la realidad. Y esa así como muchas de sus obras quedaron inconclusas. Las sesiones de Cezanne retratando a sus modelos eran eternas: el marchante Vollard, por ejemplo, posó para él en más de cien ocasiones y al final, Paul, no concluyó su retrato. Cezanne decidió, por lo tanto, dedicarse a plasmar la realidad más inalterable, centrándose obviamente en el paisaje y la naturaleza muerta. Desde 1886 se instaló en Provenza, alejándose del bullicio y del movimiento de París para buscar esa tranquilidad que necesitaba para crear. Solía pintar por los alrededores de Aix dónde se eleva la majestuosa mole calcárea de la montaña Sainte-Victoire. Sus mil metros de altitud -o más bien de inalterable serenidad- se convertirán en protagonistas principales de sus últimos trabajos. En 1901 Cezanne se compra un terreno para construirse un estudio cerca de ella. Y es así como acabará dedicándola entre apuntes, acuarelas, dibujos y óleos más de setenta obras. Porque Cézanne no pretendía realizar sólo una representación pictórica de la montaña. Al pintarla quería entenderla, quería hacerla suya. Y la montaña cambiaba cada día, o, más bien, cambiaba la luz, la atmósfera a su alrededor. Paul decía que no quería verla, sino escucharla. Cezanne, en definitiva, representa la mirada del hombre intentando alcanzar un diálogo con esa naturaleza que le desborda, que no entiende, que se le escapa.
Y hoy se inaugura una exposición en la Galería Trayecto que retoma ese diálogo entre Cezanne y su montaña. El artista vitoriano Joserra Melguizo ya no intenta representar el monte Sainte-Victoire. Porque Joserra sabe que actualmente no tenemos tiempo para sentarnos delante de una montaña para sentirla. Nos sentamos delante de un televisor y las imágenes cambian cada milésima de segundo. No hay quietud. ¿Cómo entender algo que fluye tan rápido? Vivimos sumergidos en el exceso: exceso de información, exceso de productos, exceso de mensajes. El mundo es complejo. No sólo complejo: es ininteligible. En cuanto al papel del autor, Cezanne, Van Gogh, Gaugin… se han convertido sólo en firmas. En firmas millonarias. Nadie se sienta delante de uno de los cuadros que elaboró Cezanne sobre su montaña para intentar escucharla a través de él. Uno se sienta delante para admirarse por el precio que alcanza “la montaña” en las subastas. De todo esto habla Joserra Melguizo en la Galería Trayecto. Una exposición que hay que visitar con tiempo, introspectivamente.