6.3.09

BAD BOY

No sé quién dijo que incluso los discursos más universales se formulan desde ámbito locales. Los enunciados son universales, pero locales en su emisión. Para que nos entendamos: Kant nunca abandonó Kanilingrado, la ciudad que le vio nacer, aunque eso no fue óbice para que su pensamiento se convirtiera en universal. Pero en el mundo de la cultura esto no suele ser así: el creador tiene que irse a una localidad de aires globales para que su discurso sea tenido en cuenta: New York, Londres, Berlín… Y saco este asunto a colación por hoy se inaugura la primera exposición individual de un vitoriano en Artium. Aunque ¡ojo! se trata de un vitoriano que vive en New York. Hablamos de Pepo Salazar, nacido en 1972 y antiguo integrante del grupo SEAC (Euskadiko Arte Kontzeptualaren selekzioa), tercer premio Gure Artea, becado por el MUSAC, CAM y Artium… Desde que Pepo realizó una performance ataviado con una camiseta con su currículo estampado, me fijé bien en su trayectoria. En aquella ocasión vació varios extintores en la galería Trayecto hasta que se hizo imposible ver dos palmos por delante de las narices de nadie.
En 2003 acudió junto con otros cinco jóvenes creadores vascos y españoles a la bienal de Venecia. Presentaron sus trabajos videográficos bajo el lema “Bad boys”. “En Bad Boys se han dado cita las más provocadoras propuestas artísticas y estéticas de la España actual, que responden a las nuevas formas de creación artística, donde las nuevas tecnologías no sólo sirven como vehículo de comunicación, sino también como objeto de reflexión del arte, sobre sus límites y repercusiones”, noticiaba en su día la prensa. Y este viernes podemos ver los últimos trabajos de Pepo, esta vez aglutinados bajo el lema “Walk among us” (“Camina entre nosotros”). “Walk among us” fue también el título de un disco de “The Misfits”, banda fundadora del subgénero “horror punk”. Su imagen terrorífica, la actitud provocadora, eran los rasgos característicos de este grupo. Las letras de sus temas se inspiraban en películas de terror y ciencia ficción.
Y entramos en la exposición: un muro de ladrillos, en la entrada, parece querer impedirnos el paso. Nos topamos con furiosos lemas rayados sobre cristales. Vemos mecanotubos colgados del techo, girando, con camisetas de grupos musicales que cuelgan de ellos mientras arrastran unos micrófonos que rozan el suelo y que originan así sonidos un tanto escalofriantes. Más al fondo, grandes fotografías muestran al autor realizando impetuosos performances. Una guitarra eléctrica pendida de una gigantesca rama de un árbol que atraviesa el muro... obras, todas ellas, salpicadas de guiños a las utópicas y entusiastas vanguardias artísticas de principio del siglo XX. Por entonces existía una fe en el progreso, en la tecnología, en el hombre. Por el contrario, la exposición de Pepo nos habla del estrepitoso fracaso de ese sueño, dando paso a la pesadilla. No hay en ello espacio para la nostalgia.