12.5.09

VIRUS

Parece ser que una especie de virus está atacando a algunos centros de arte y cultura contemporánea. O, más bien, a la propia cultura. Porque las críticas por parte ciertos políticos a la gestión de Montehermoso, el caso del Centro José Guerrero en Granada, la campaña de un diario conservador contra el Centro Gallego de Arte Contemporáneo y, en Bilbao, el despido de la directora de la sala Rekalde, son síntomas de algo que de no atajarse cuando antes, puede convertirse en epidemia. ¿En qué consiste ese virus? Ya hemos hablado de él en varias ocasiones: entender la cultura como un recurso económico y no como un valor en sí misma. Cualquier Museo o Centro de arte público que no atraiga a miles o millones de personas –y sobre todo de turistas- a sus puertas es una mala “inversión”. Y ahora se compara el número de visitantes de la Sala Rekalde con el del museo de BBAA de Bilbao o el Guggenheim para justificar el despido de la directora de dicha sala. Cuando este espacio es una pieza clave dentro del entramado cultural de Bilbao. Un lugar que apostaba por el arte del entorno y con ciertas dosis críticas. Es decir: por un arte no domesticado. Pero, claro, la sala sólo recibía 15.000 visitas anuales y el Guggenheim un millón. De seguir así llegará el día en el que veremos retirar los libros de poesía de las bibliotecas públicas porque éstos no se prestan tanto como los best-sellers.
Con el turismo cultural está pasando lo mismo que en el turismo de “sol y playa”. De la misma forma que esté llegó a degradar los entornos naturales en los que se instalaba, el turismo cultural va a acabar minando nuestros entornos culturales. Y se prima la cultura consumista, espectacular, banal... con el propósito de entretener al visitante. Esto ya es un fenómeno imparable. Parafraseando a Begout cuando habla de Las Vegas “”se trata de seguir ahora una sola ley: proponer experiencias a los visitantes y a los turistas” Porque la cuestión es clara: si la efectividad de una infraestructura cultural se pondera en esos términos, en los económicos- los centros de arte y cultural van a acabar siendo algo similar a un parque de atracciones.
Así como el turismo de sol y playa sólo genera dividendos cuando el sol brilla, el cultural puede atraer turistas todo el año. Y estamos sufriendo las consecuencias de este hecho. Pues al final son los turistas culturales –que no difieren en mucho a los de “sol y playa”- los que acaban marcando los contenidos de los centros culturales. Pues el que está de turismo no quiere entrar en un museo que le haga pensar o reflexionar en demasía. No quiere ver obras complejas, sino obras “de sol y playa” Pero nosotros –los ciudadanos que pensamos que la cultura no es mero entretenimiento- vivimos aquí y necesitamos otra clase de cultura. No somos turistas culturales. O por lo menos, aquí donde vivimos, no. Queremos, por lo tanto, una cultura de calidad. Pero no esa “calidad” que nos vende el empresario o político de turno.