12.6.09

CULEBRONES

La agencia de renovación urbana del Casco Viejo sigue apostando por el muralismo populista para “renovar” las ajadas fachadas de ciertos edificios. Mi casa está situada entre el mural de los trapos agigantados de la Brullería y el del zoológico de la escuela infantil. Yo prefería esos espacios tal como estaban antes de ser “renovados” así. “Sobre gustos no hay nada escrito”, “cada uno tiene su opinión”… me podrán decir. Pero la validez del arte no se puede medir con un criterio tan vaporoso como el “gusto”. Por poner un ejemplo: la gente gusta más de una telenovela que de un drama shakesperiano. Y eso que todo culebrón se basa en la obra de Shakespeare (“Romeo y Julieta”, por ejemplo) Pero claro: el culebrón no tiene medida, es más “populista”, superficial. Pero son legión los que disfrutan de los culebrones y sólo unos pocos leen el Romeo y Julieta original. La cuestión es: ¿tenemos que educar a nuestros hijos leyendo a Shakespeare o viendo culebrones? La calidad es la clave. Y la pregunta es: ¿quién nos dice que una obra tiene calidad? Creo que la mayoría del planeta reconocería que la obra Shakespeare contiene “más arte” que los “culebrones”. Pero lo reconocería porque lo ha estudiado en el cole. Aprendiendo de libros de literatura escritos por expertos. Cosa que con el arte actual no sucede: no se estudia en el cole. Y a los expertos no les hacemos caso de mayores.
Pasé un día por la Brullería. Los pintores llevaban muy avanzado el mural ese de los trapos. Me paré a mirarlo. Me preguntaron mi opinión. Por mis adentros pensé “Cállate Iñaki, di que está bien…”. Pero me oí a mí mismo decir: “ese mural no se integra en la Plaza”, “¿por qué no habéis optado por algo más sutil, que dialogue con ella”… “Menos es más”, recité, parafraseando a el arquitecto alemán Ludwig Mies Van Der Rohe, uno de los más importantes de este siglo. Es decir: salían por mi boca los argumentos de los “expertos” que estudié en la Facultad de Bellas Artes.
Y la verdad es que siempre que paso por la Brullería echo en falta esa enorme fachada con ese blanco resplandeciente de antaño –antes tapada por mugre, ahora por el mural- que aportaba luz a la plaza. No sé quién dijo que muchas veces la mejor música es el propio silencio. Con las artes visuales pasa lo mismo: la mejor intervención es la que menos interviene. Pero vivimos en la sociedad del ruido. Del exceso. La cultura japonesa, por ejemplo, compara el ruido visual con el sonoro. Por eso los japoneses guardan en sus casas todo en armarios empotrados. Y justo sacan de ellos lo que utilizan en el momento. Porque les gustan los objetos. Y les gusta el espacio. “Tienen gusto”, dirían otros. “Saben”, diría yo.
Y paso por la Brullería, y veo las enormes farolas postmodernas, la entrada siempre en obras a la catedral… y ahora el mural. Pobre plaza. El arte tiene que ser necesario. Pero quién dice cuándo es necesario y cuándo no? ¿La agencia de renovación urbana? Está claro que les falta criterio en ese asunto.