18.1.10

LA COSA

Meses ha, estuve en una taberna del barrio de Zaramaga zurito en mano. No recuerdo el nombre de local, aunque ese detalle no es relevante para ilustrar lo que quiero contar. Lo relevante –aunque sin exagerar- es que detrás de la barra de la tasca, sobre las polvorientas botellas, vislumbré un cartel impreso en un folio en el que podía leer: “Prohibido hablar de la cosa”. No entendía. ¿La cosa? ¿Acaso alguien apodado “la cosa” es “persona non grata” en este local? Intrigado le pregunté al camarero sobre el sentido del cartel. “Todo el mundo viene diciéndome que si la crisis tal, que si la cosa está muy mal… Y esto harto.” Me reí con la ocurrencia. Después he visto el cartel en varias tabernas más, constatando así que el humor es el mejor antídoto contra la crisis. Y que la sabiduría popular todavía tiene su hueco en esta sociedad.Cuento esta anécdota porque últimamente en el mundillo de la cultura todo el mundo dice que “la cosa está muy mal”, refiriéndose al entorno cultural. Por lo que yo sé, las “industrias de la cultura” están bastante -con perdón- jodidas con esto de la crisis. La venta de libros, por ejemplo, ha descendido este año más de un veinte por ciento. Y en el mundo del arte, ha pasado algo similar. Eso en el terreno privado, porque en el público nuestras instituciones han pasado la podadora por los montos destinados a cultura. Y así nuestros departamentos de Cultura se han quedado a dos velas. Una vez más en momentos de crisis a los políticos les da por “desmochar” todo aquello que ellos consideran superfluo, accesorio. Las prioridades se desplazan, por consiguiente, hacia la creación de empleo o hacia la asistencia a las personas que económicamente lo están pasando peor. Obviamente, no me parece mal. Aunque no sé por qué es mejor subvencionar a las constructoras que a las empresas culturales. Todas ellas dan trabajo a la gente. Pero me desvió de lo importante… lo curioso de esta situación, lo que no acabo de entender, es que durante años, esos años que ahora nos dicen que fueron buenos, asistimos impávidos a un desplazamiento del concepto “cultura”: ésta –de mano del turismo cultural, fundamentalmente- se convirtió en un recurso que generaba dinero para las ciudades. Y así los auditorios, museos, centros culturales, festivales, conciertos y diversos eventos destinados al consumo cultural, eran dispositivos considerados productivos para las economías de las ciudades. O sea: estaba bien invertir dinero público en infraestructuras culturales porque se generaban dividendos, se generaba empleo. Pero ahora el discurso vuelve a cambiar: en tiempos de crisis hay que recortar expendios, la cultura es una fuente de gastos. ¿En qué quedamos? ¿La cultura es buena o mala para la economía? ¿Es una buena o mala inversión? Pues lo que no tiene sentido es construir museos o centros culturales pensando en ellos en términos de inversión económica y, cuando vienen las vacas flacas, recortar sus presupuestos alegando que generan gastos.