29.12.10

RESULTADOS

El otro día en la comida popular que organizó la asamblea Amarika estuve almorzando cerca de una joven que yo creía no conocer de nada. Pero ella me saludó familiarmente. Y viendo mi respuesta, mi cara de extrañeza, me preguntó si yo no la conocía a ella. Le dije que no caía. Entonces me explicó que yo le había dado clases de dibujo hace quince años. En una academia, cuando ella era una chiquilla de diez años. Seguí sin caer. Pero la pregunté bastante dubitativo, casi con miedo, que qué tal. Que si había aprendido algo conmigo. Me dijo: “Bueno, algo aprendería porque ahora me dedico al diseño gráfico. Y me va bien”. Me llevé una alegría, pues siempre recuerdo mis clases como guerras campales: yo luchando contra un montón de chavales hiperactivos, intentando que no se levantaran de sus pupitres, intentando siempre poner orden. Intentando que regresaran ilesos a sus casas. Que no se comieran las gomas de borrar y que no usaran los lapiceros como armas de combate. Lo del dibujo era casi secundario. Así que me llevé una gran satisfacción viendo que mi trabajo de aquellos años había dado sus frutos, en definitiva. No había sido tiempo perdido.
Pocas veces somos conscientes del fruto de nuestro trabajo. Trabajamos en la mejor de las ocasiones porque nos gusta lo que hacemos. En otras, simplemente porque necesitamos dinero para vivir. Pero las huellas que dejamos en otras personas la mayoría de las veces no podemos seguirlas.
Y hace unos meses me pasó algo similar con Antonio Altarriba. Le acababan de dar varios premios. Por una novela gráfica magnífica, guionizada por él y dibujada por el catalán Kim. Antonio me dijo que él había conocido a Kim en el Festival de Cómic Crash Cómic de 2003. Un festival que yo me encargué de coordinar bajo el paraguas de la Asociación de Dibujantes de Cómic de Atiza. Mi recuerdo de aquel festival era bastante confuso: siete exposiciones que poner en marcha, más de veinte invitados que atender... No contábamos con un presupuesto en condiciones. Así que a mí me tocó hacer de todo. Apenas tuve tiempo para hablar con los invitados. Me saltaba las comidas. La pastelería “La peña dulce” nos había hecho unas “galletas Crash” y yo las llevaba en mi mochila junto a carteles, postales… Material para repartir durante el festival. En los días que duró la actividad creo que sólo me alimenté de esas galletas.
Si no se hubiera organizado el Crash Cómic en 2003, Antonio no habría conocido a Kim. Y posiblemente esa novela gráfica no se hubiera pergeñado de la misma manera. Ahora ambos autores han recibido el Premio Nacional de Cómic por ella. Así que ahora mismo me siento como con mi encuentro con la joven alumna mía: veo que lo que hicimos en su día cobra sentido años después.

Moraleja: muchas veces nos desanimamos al no poder ver los resultados de lo que hacemos. Y la verdad es que no los vemos porque se esconden. Sólo hay que esperar, como a mí me ha pasado, a que algunos de ellos afloren al cabo de los años.