15.2.11

DOCUMENTALES

No veo televisión desde 1988. El mismo año en el que me puse a vivir por mi cuenta y riesgo. El mismo año en el que me sentí por primera vez completamente dueño de mi vida: podía comer y dormir cuando y como quisiera, andar en ropa interior –o sin ropa- por mi casa… y desconectar el aparto de televisión de la antena pertinente. Eso sí: me compré un reproductor de vídeo para poder ver películas, documentales, cortometrajes… Yo mismo me programaba lo que quería ver rebuscando en bibliotecas y videoclubs. Todo un lujo.
En definitiva: dejé de ver tele. Simple y llanamente no me interesaba en absoluto lo que me ofrecía. Ni cómo me lo ofrecía. Pues mi vida caminaba en una dirección y la televisión justo en sentido contrario. Chocábamos: no me molaban los coches; ni mi sueño era comprarme un chalé de lujo, ni rodearme de los miles de productos que se asomaban por la caja tonta. Tampoco me veía reflejado en los sonrientes personajes que se asomaban por los programas televisivos y que representaba un modelo de vida en el que yo no creía. Ver televisión me producía una honda congoja. La tele no me servía para reafirmar mi manera de entender el mundo. Por otra parte no quería buscarme un curro mecánico ni convertirme en hábil empresario para poder costearme no sé qué. Quería hacer lo que me gusta hacer y no lo que otros me querían imponer. Si conseguía eso –pensaba- me podía dar por satisfecho. Triunfar en la vida era simple: poder vivir a mi modo. Y yo veía la tele como un enemigo que me restaba fuerzas en ese propósito de hacer lo que yo quería hacer. La tele me intentaba inculcar nuevos hábitos de consumo, obligándome, por tanto, a ganar mucho dinero para poder costeármelos. Han pasado más de veinte años y sigo pensando igual.
¿Qué en la tele ofrecen también productos interesantes? No lo niego. Por eso me parece fundamental que los espacios destinados a la difusión de arte y cultura, los museos, los centros de arte, realicen una función de filtrado seleccionando productos, obras, destinadas en principio a la televisión, al cine o a Internet pero que, paradójicamente tienen claros componentes creativos, artísticos, reflexivos… Y digo “paradójicamente” porque, repito, hoy en día es muy difícil visionar algo de calidad, algo alejado del consumo rápido y fatuo, en esos canales. Así que alguien tiene que realizar esa función de criba y ponerse con la dura tarea de separar el escaso grano de entre tanta paja. En ese sentido, estos días, Artium nos ofrece un interesante ciclo de cine que versa sobre el falso documental. Podemos ver legendarias obras dentro del género “falso documental” realizadas por Peter Watkins, Orson Welles, Peter Jackson… Obras que nos muestran la difusa frontera entre realidad y ficción y que ponen de manifiesto la necesidad de poner en cuestión cosas que a priori son tomadas como ciertas. El ciclo está Ligado a la exposición “Basado en hechos reales”, de la Colección ARTIUM. Recomendable.