14.3.11

SATURACIÓN

La fotografía ha tenido la capacidad de constituirse en conciencia visual de la sociedad. Desde sus comienzos se ha mostrado como un mecanismo eficaz para desvelar, revelar lo oculto. Si algo nos llamaba la atención, una injusticia, un hecho inusual, sacamos una fotografía. Fotografiábamos para mostrar, para comunicar, para decir: “mira lo que yo he visto, quiero que lo veas tú”. O: “mira lo he creado, lo comparto contigo”. Pero hoy en día, con la revolución digital, vivimos sumergidos en un mar de imágenes. Cualquier hecho banal o cliché aspira a ser compartido. Hace apenas unos años sólo podíamos acceder a las fotografías en periódicos, diarios, revistas, exposiciones. Ahora sólo tenemos que encender el ordenador y nadar en internet para poder visualizar cientos de miles de fotografías. Porque cualquiera puede acceder a una cámara digital y a un ordenador. Cualquiera puede fotografiar y compartir. Este grado de masificación era impensable hace tan solo un par de décadas. Y conceptos como “innovación”, “riesgo” son ahora sustituidos por “frescura”, “inmediatez”. La fotografía queda esposada a las reglas del banal espectáculo: muchas se vuelven populares de manera viral y las redes encumbran a algunas en fugaz estrellato. Nos ahogamos entre tanta imagen. Incluso es difícil discernir entre lo mediocre, lo que no aporta nada y lo que puede servir como antaño para trasformar la realidad. Pues miles de ciudadanos anónimos ponen al alcance de cualquiera millones de imágenes de cuantos contenidos puedan ponerse en el punto de mira de sus cámaras o móviles. La fotografía ya no es solo asunto de fotógrafos. Aunque la avalancha de personas que empapela internet la mayoría de las ocasiones no tienen ninguna otra pretensión que la de compartir su vida con otros. Menos justificación tiene la horda de nuevos fotógrafos que aspiran a ser considerados como tales emulando a los clásicos. Aquellos que piensan que para diferenciarse de los amateurs sólo tienen que imitar a Cartier Bresson. Son fotógrafos que apenas tienen “background” fotográfico. Que se creen expertos por haber visto cuatro imágenes clásicas en blanco y negro ilustrando un reportaje en internet o el dominical de algún periódico. Que piensan que esa vuelta al purismo, al clasicismo, les defiende de la avalancha competitiva de imágenes generada por los amateurs. Algunos incluso optan por el absurdo de regresar a la fotografía analógica. No se dan cuenta de que toda buena obra se sustenta en una buena idea y no en una técnica en concreto. No hay que emular a los clásicos copiando su estilo, usando sus cámaras. Sólo hay extraer de ellos una gran y dificultosa verdad: se fotografía con la cabeza, no con la cámara.
Fotografías de pensionistas sentados en bancos, paisajes urbanos, fotos de pomos y de farolas... Nos saturan esos fotógrafos que se limitan a repetir las mismas fotos banales y tópicas de toda la vida. Buscando, como mucho, insertar valor añadido a su tarea tirando de cámara analógica.