21.5.11

POLVORA

Siempre escribo esta columna –columna que quiere ser de crítica cultural- con dos días de antelación al día en que ésta se publica; esto es: el miércoles. Habitualmente a lo largo de ese día ojeo, olfateo, un poco los periódicos para ver qué se noticia por estos lares en materia cultural. Y reviso, asimismo, los últimos mails que me han llegado sobre cultura. Y, también, echo un vistazo a las redes sociales de internet en las que tengo como “amigos” a no sé cuántos artistas, dibujantes, comiqueros… Amigos y conocidos, todos, con inquietudes creativas. Todo ello mientras trabajo en otros proyectos personales a lo largo del día. Y de esta manera el tema sobre el que quiero escribir acaba aflorando a lo largo de la jornada con suma facilidad.
Pero hoy no consigo concentrarme. Y no es porque el runrún de la campaña electoral me despiste, no. No es porque esté atento a lo que tal o cual partido promete hacer o dejar de hacer si consigue su parcelita –o parcelaza- de poder, no. La verdad es que llevo varios días despistado, abducido por el movimiento “¡Democracia real ya”! No lo puedo evitar. Porque trabajo delante de una pantalla que siempre está conectada a internet. Y “Democracia real ya” es un fenómeno viral, que se propaga por la red cual reguero de pólvora encendida. Un movimiento que ha conseguido miles de simpatizantes –muchos de ellos del mundo de la cultura- en poquísimo tiempo. Simpatizantes que ejercen un efecto multiplicador en la propagación de este movimiento ciudadano. Un movimiento que me tiene alucinado: horizontal, ágil, sin cabecillas, pacifista, auto organizado… Yo mismo me encuentro ejerciendo de correa de transmisión de sus convocatorias, de sus acciones, porque éstas me llegan de todos los lados: un amigo “cuelga” una noticia nueva sobre este fenómeno social y yo la comparto con mis contactos. Otro conocido me manda un mail sobre el tema en cuestión y yo lo reboto a mis conocidos. Se participa en este nuevo fenómeno social de muchas maneras: como periodista aficionado, como políticos amateur, como impresor y distribuidor de octavillas… Y así la gente que colabora en la propagación de este fenómeno siente que forma parte algo. Siente que está participando en algo. Que está creando algo.
Quizá si nuestras instituciones públicas, si nuestros responsables políticos, hubieran permitido a la ciudadanía participar de una manera real en la gobernanza de nuestra sociedad, de nuestra cultura, ahora mismo no tendrían a miles de ciudadanos participando en “Democracia real ya”.
“Democracia real ya” pide que el sistema democrático desarrolle “cauces directos” de participación ciudadana en la política y que no se dedique a “enriquecerse y medrar a nuestra costa, atendiendo tan solo a los dictados de los grandes poderes económicos”. Hablan de una “Revolución ética”. Y reclaman ser tratados con respeto por parte de su gobierno: “Somos personas, no productos del mercado”, dicen. Y nadie mínimamente cabal puede estar en desacuerdo con ello.