14.6.11

4 AÑOS MÁS

Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Navarra – ¡nada menos!- declaraba hace unos días en una conocida revista: “Las personas con mayor sentido del humor tienen más desarrollada el área del cerebro correspondiente a la creatividad, ya que necesitan ponerse en la situación de los personajes que crean, de la historia que cuentan y que, de pronto, cambia. Ese concepto de flexibilidad mental para contar una historia y llevarla a otro contexto, de relatar y relacionar un absurdo está desarrollado por naturaleza. Las personas que no lo tienen cultivado o educado tienen poca flexibilidad mental y no entienden los chistes. '¡Qué tontería!', dicen. Un cómico está creando de manera continua los absurdos que necesita para hacer reír. Es un tesoro tener esta capacidad que tiene un sentido artístico, como la pintura”.
Así que el humor tiene mucho que ver con la creatividad, con el arte. Pero en los museos no solemos ver a la gente riendo por sus salas. ¿Por qué? ¿Quizá porque se exige a los museos que sean “sitios serios”, templos modernos construidos para adorar el arte contemporáneo?
Reírse puede parecer un fenómeno sencillo. Pero nada más lejos de la realidad: para procesar un chiste interviene nuestro cerebro al completo: nada menos que las tres capas que lo conforman. La primera de ellas es la más interna de las tres, se localiza en la base del cerebro y procesa las materias más viscerales. Es, por tanto, la zona más “primitiva”. La segunda capa, la intermedia, comprende el sistema límbico, encargado de procesar las emociones o sentimientos. Y la última capa es la corteza, zona muy desarrollada en el hombre pues procesa el conocimiento y el pensamiento. Cuando oímos un chiste éste comienza a procesarse en esta parte, en la parte donde pensamos y entendemos las palabras. Al poco, en la parte media de la corteza donde se encuentra la central de detección de errores, se advierte el “error”. Pues la expectativa de lógica con la que empieza el chiste no se cumple. Y al frenarse nuestra lógica, damos paso a la ilógica. Y cuando lógica e ilógica chocan, detectamos el absurdo. Ante esa detección del absurdo, se envía una señal hacia la capa más interna del cerebro. Ahí, esa señal desatada por lo irrazonable provoca que las células de esa zona segreguen la hormona de la felicidad. Nos referimos a la dopamina. Ésta hormona riega la parte emocional del cerebro y con esa señal de la felicidad, de diversión, se genera la sensación de estar divirtiéndose. Es como un premio que nos damos por “entender” el absurdo. Y uno se ríe.
Los expertos en salud dicen que las personas que se ríen sufren menos infartos y tienen hasta cuatro años más de vida. Ahí queda eso.
Y estos días podemos alargar nuestra vida leyendo el número 114 del TMEO. Esa revista de humor producida en nuestra ciudad. Una revista que lleva la friolera cifra de veinticinco años uniendo arte y humor.