16.11.11

INMERSIONES

Vitoria se viste de verde. Nos han otorgado el título de “capitalidad verde” por nuestra preocupación por el medio ambiente, y, ahora, hay que vestirse de él. Cosa que no deja de ser un contrasentido, pues lo lógico no es vestirse en estos momentos, sino desnudarse y mostrar nuestra piel. Es como si uno –o una- tuviera una idiosincrasia natural, sin maquillajes… y el mundo se fijara en ti, en esa belleza tuya sin artificios, y te distinguiera, entonces, con el premio a la naturalidad; y en ese momento, en vez de proseguir con tu imagen natural, te creyeras esa tontería del premio, abandonaras tu naturalidad, te maquillaras, te disfrazaras para recibir el galardón, con lo que automáticamente dejarías ya de ser natural. En ese preciso momento, deberían retirarte el homenaje. Por traicionar su espíritu. Al poco de que Vitoria recibiera el “premio verde”, una diario local entrevistaba a los últimos alcaldes de Vitoria, responsables en buena medida de que ese premio hubiera recaído en Gasteiz. El señor Cuerda decía algo así como que Vitoria, en los veintitantos años en los que él había ejercido como alcalde, había recibido muchos premios relacionados con el medio ambiente pero que nunca se había montado ningún guirigay mediático por ello. Despotricaba contra la cultura del espectáculo en la que vivimos. A mí me sucede algo similar que al señor Cuerda: cuando se habla de ecosistema natural no puedo de dejar de pensar en nuestro ecosistema cultural. ¿Se puede cuidar el primero y descuidar al segundo? ¿Es posible ser sensible a lo natural sin ser sensible a lo cultural? Quizá por moda, pueda ser. Pero estaríamos defendiendo algo por inercia y quizá no de la manera adecuada, pues solo desde el conocimiento podemos velar de manera óptima por nuestro medio ambiente. El conocimiento nos indica que el papel que juega en los ecosistemas una simple bacteria es tan importante como el que juega un árbol o un león. Y que la labor de todos los que habitamos y disfrutamos de dichos ecosistemas es vigilar porque ese equilibrio no se rompa. Cuidando, alimentando a las pequeñas bacterias, a las plantas, a los leones. Pues todos entendemos que tanto la naturaleza como la cultura son patrimonio de la humanidad. Son bienes comunes. Forman parte de nuestro legado. Por lo tanto nadie puede apropiarse de ellos, patrimonializarlos, explotarlos en su propio beneficio.
Si la naturaleza y la cultura forman parte del "procomún" todos debemos corresponsabilizarnos en su cuidado. No podemos delegar esas responsabilidades en organismos, empresas, instituciones. Podemos compartirlas, pero no hacer dejación de ellas. Y así el premio “Green capital” tiene que servir para reflexionar sobre ambos ecosistemas: el cultural y el natural. De esto quiere ocuparse “Inmersiones: ecocultura (arte, naturaleza, ciudad)”. Una batería de actividades que la semana que viene arrancará en la sala Amárica. Estén atentos a este “Inmersiones”.