15.12.11

COMPROMISO LOCAL


Hasta hace un par de décadas -como mucho- la decoración de los despachos de abogados, médicos, arquitectos… arrojaba muchas pistas sobre el nivel profesional de los susodichos. Si estos exhibían obras de calidad, esa circunstancia era un subjetivo pero relevante indicativo del buen nivel de los profesionales en cuestión. El arte, por tanto, funcionaba como tarjeta de presentación del especialista culto, instruido. Un profesional no sólo ducho en lo suyo, sino también comprometido con la cultura. Un arte que era, además, producto de los artistas locales del momento. Gran matiz este: no sólo el profesional liberal apreciaba el arte sino que, además, apostaba por la creación cercana. Pues médicos, abogados, arquitectos, era muchas veces conscientes de que estaban realizando una necesaria labor de mecenazgo. Entendían que adquiriendo obra local estaban abonando la cultura de su entorno. Es más: muchas veces entre profesionales y artistas se creaban vínculos de amistad y complicidad.
Por otra parte, también las cafeterías, bares, hoteles, empresas, bancos, negocios que se preciasen ser amantes del arte compraban obra a los artistas locales.
No sé muy bien en qué momento todo esto cambió. Quizá con el fenómeno de la globalización y de la espectacularización de la cultura. De repente el arte de interés ya no era el local, sino el internacional. Y sólo unos pocos artistas de proyección universal empezaron a formar parte de las grandes colecciones públicas y privadas que también querían ser internacionales. Pero claro, los costes eran otros. Coleccionar obra de estas estrellas del arte rea algo al alcance de muy pocos. El profesional liberal  no se podía permitir comprar una obra de un reconocido artista extranjero. Por otra parte, este ya no era un potencial amigo, sino un siempre lejano desconocido. La conexión entre ambos mundos se rompió. En paralelo, el arte local empezó a perder prestigio. Obviamente el coleccionismo público cometió un gran error alimentando esa dinámica mundialista. Dinámica que se mantiene hoy en día. Y así cuando uno viaja por los museos de arte contemporáneo del mundo los nombres de un grupo reducido de artistas se repiten hasta la saciedad. ¿A qué se debe esto? ¿Quizá al hecho de que estos equipamientos se destinar a atender a unos turistas culturales de gustos globales? ¿Quizá porque los propios museos tienen que legitimarse a sí mismos demostrando que tienen contacto con el arte internacional del momento?
Y  nuestra Diputación declara ahora que el año que viene no se va a comprar arte. Bueno, bien poco afecta esto al paupérrimo escenario de la creación local. Obviamente no son tiempos para derrochar dinero en obras caras ni espectáculos. Pero si ya ni para comprar arte o programar distracciones sirven lo mejor es que bajen la persiana. Y ese gasto nos ahorramos. O que hagan algo por la cultura local. Que para eso no hace falta invertir millones.