1.2.12

AVENTURAS ARTÍSTICAS


A lo largo de mi vida he realizado muchos proyectos creativos. Yo les llamo “aventuras artísticas”. Me gustaría relatar alguna de ellas. Comienzo: hubo una época en la que realizaba obras con disparos de bala. Gracias a un amigo que trabajaba en una fábrica de armas vitoriana. Era uno de los jefazos de la empresa y me permitía el acceso a su polígono de tiro. Fue allá por 1995. Pero nunca conseguí cumplir un sueño: que una sala, museo o galería, me dejase hacer un cuadro de esos con disparos pero en vivo y en directo. Delante del público. Y eso que contaba con la previa colaboración de la policía nacional. Pues un día pasando por la puerta de comisaría me animé a entrar para pedirles su ayuda. Expliqué el proyecto al policía que estaba en la entrada. Sorpresivamente no me mandó a paseo: me hizo repetir la propuesta a largo de diversas estancias de la jefatura. Y en una hora estaba ya hablando con el comisario de policía. Y le moló la idea de enviar a unos policías a disparar sobre cuadros. Entendía la belleza de las marcas de los disparos sobre ciertos materiales. Eso sí, me dijo que antes de nada iba a mirar si yo tenía antecedentes penales. Ahí quedo la cosa. Pero, paradójicamente, fue el mundo del arte el que no me permitió efectuar disparos en una sala expositiva. Ellos no entendieron el proyecto, pero la “pasma” sí.
Otra aventura: en 1998, con el artista Esteban Torres, creé un perfume con olor a gasolina. Realizamos como cien de ellos. Los recipientes eran una especie de cilindros que vendían en “los chinos” para cocer huevos en el microondas. Hicimos unas pegatinas, compramos unos cuentagotas…  No sé cómo conseguimos cincuenta mil pesetas para poner en marcha este experimento. La mayoría de los perfumes se los vendimos trabajadores de gasolineras. Los tuvimos expuestos en una galería de arte alternativa de Vitoria: espacio Trasforma.
Pero el laboratorio que fabricaba la esencia nos dijo que el perfume, al contener gasolina, no se podía comercializar: no iba a pasar por el control sanitario de rigor. Así que no pudimos dar el “gran salto” y forrarnos vendiendo perfumes a todos los “gasolineros” del mundo mundial.
Y la última aventura que reseño: con la pastelería Goya realicé otro de mis sueños: confeccionar en caramelo copias a tamaño natural de mi cabeza. Tuve que hacerme un molde de mi sesera en silicona. Realizamos varias piezas en diferentes sabores y colores. Una de ellas se la regalé -después de exponerla en una galería- a la hija de unos amigos. Sus padres le dijeron que no era para comer. La niña la tuvo durante semanas como adorno en su habitación. Pero un día mi cabeza amaneció con la nariz comida. La criatura no pudo resistir la tentación. Eso fue en 1995. También llegué a confeccionar mi cabeza en chocolate. Fue expuesta en la sala Amárica de Vitoria.
Y sigo intentando vivir “aventuras”. Intentando sorteando las desventuras que ahogan hoy en día el mundo de la cultura.