7.2.12

UN TRABAJO

“Trabajo”, para mí, es sinónimo de “actividad”. Es importante ese matiz, pues tendemos a pensar que “trabajo” es esa especie de condena diaria y obligatoria que se nos impone desde siempre y que nos permite ganarnos el pan. Y nos olvidamos de que existe otra manera de realizar un trabajo. Hay trabajos que muchas veces no nos generan beneficios económicos pero sí, quizá, riqueza social, cultural, humana... Trabajos que van desapareciendo de nuestro mundo, obviamente. Y el arte es un trabajo de este tipo. Pues aunque a veces produzca dinero si no lo hace no por ello deja de ser arte. Incluso si el artista no vende, o malvende, no cierra el “negocio”. Queda claro que el arte es un trabajo un poco raro. Personalmente lo que me interesa de él es que me permite poner en marcha actividades que no serían posibles desde otros ámbitos. Ciertas locuras, quizá. O ciertos experimentos, que no me aportan dinero, pero si alguna satisfacción difícil de medir. En ese sentido entiendo que ciertas labores sociales tienen mucho que ver con el arte. Pues se escapan, también, de esa idea de “trabajo” como actividad que te reporta sólo una fuente de ingresos.

Un ejemplo de “trabajo”: el 23 de abril de 2010 llegué en barca a la aldea de Tamshiyacu; lugar situado a orillas del río Amazonas. Para llegar ahí previamente te subes a una destartalada barca de motor que sale de Iquitos (Perú). Sale cuando se completa el cupo de pasajeros. Media docena, es lo habitual. En cualquier caso, nunca he tenido que esperar más de veinte minutos. Por otra parte, siempre te queda el recurso de pagar más y que te lleven en solitario o con menos pasajeros. Estaríamos hablando en este caso concreto de soltar, como mucho, quince euros.

En una hora larga, la barca atracó en el pequeño y lodoso puerto de la aldea. Cargado con un móvil y una impresora portátil me interné un poco en el pueblo y me senté en una destartalada silla al lado de un pequeño almacén –también vivienda y tienda- situado al lado del pequeño y lodoso puerto.

En estos lugares todo esto muy simple, sencillo. Los primeros que se me acercaron con curiosidad, manchados del barro del lugar –pues las calles no están asfaltadas-, fueron los niños. Les fui haciendo fotos con la cámara de mi teléfono. Las fui imprimiendo y regalando. De repente yo era un turista ”implicado” que regalaba recuerdos en vez de llevárselos.

En cuarenta minutos me encontré dentro de una casa. Entendieron el juego y querían que estuviera más cómodo. Me invitaron a comer: pollo con arroz. Charlamos mientras yo continuaba haciendo fotos de los chavales que se acercaban. Todo se desarrolló entre risas. Al cabo de un rato, la batería de la impresora se agotó. Y el proyecto, “el trabajo”, con ella.

Antes de despedirme de los lugareños una niña de diez años me dijo: “Si te gusta este sitio te puedes construir una casa y quedarte a vivir. Aquí al lado venden madera muy barata”.