19.3.12

JURADO

Vivimos en el mundo de la información, pero nunca hemos estado tan desinformados. Hablamos de cosas que no hemos vivido, asumimos verdades que son sólo rumores, tópicos.

Por ejemplo: una persona conocida me manda un mail pidiéndome que vote, por favor, a través de internet, a una foto suya presentada a un concurso. Le digo que ya lo siento, pero que no creo en los jurados populares, pues al final las personas que consiguen más votos hacia sus trabajos es porque tienen más amigos. Gana, por tanto, la persona con más colegas, pero no la que ha presentado la mejor obra. Le explico que tendría que ver el resto de los trabajos presentados en la web que sólo en el caso de que el suyo me parezca el mejor, lo votaría. Ella me contesta, que ese problema también se da en los jurados de expertos, pues éstos también votan muchas veces a sus amigos. Entonces le cuento que personalmente habré ejercido de jurado en más de una docena de veces y que el sistema empleado suele ser el siguiente: vemos todas las obras presentadas –que a veces son cientos-; puntuamos, como en un examen, de uno a diez; y, finalmente, se eligen las más votadas. Un proceso que puede durar cuatro, cinco horas. Esto es algo que un jurado popular no hace: ver todos los trabajos y valorarlos imparcialmente. Otro ejemplo: una persona anónima me manda un mail diciéndome que llevo toda la vida viviendo del cuento de las subvenciones, pues acabo de editar un libro titulado “Éste no es otro aburrido catálogo de arte” sufragado por el Gobierno Vasco con 8.000 euros. Y me molesto en contestarle. Le digo que he tenido que pagar 3.000 a la imprenta, 2.500 euros a los traductores (los contenidos van en inglés y en castellano), 1.000 euros en total a los cinco colaboradores que han escrito los textos, 300 euros a una persona que me ha realizado una corrección de estilo y 1.200 euros al diseñador gráfico. Todas esas facturas tengo que presentarlas ante el Gobierno Vasco para que finalmente me ingresen el dinero. No puedo facturarte a mí mismo. Son facturas externas. Así son las subvenciones que reciben los artistas: te cubren los gastos. Realmente los beneficiarios últimos de estas ayudas son los gremios que se mueven alrededor de los creadores. Otra cuestión es que luego tú vendas el libro, la obra, el proyecto… Pero de una edición de 600 libros de arte -como es mi caso,- si lo vendes a través de una distribuidora, ésta se lleva el cincuenta por ciento del PVP. Y vender más de 200 libros de algo así, es complicado. Al final lo comido por lo servido: a nada que mandes 50 libros por correo postal a amigos y conocidos, te has merendado el posible beneficio.

Pero una vez más la cuestión es la siguiente: ¿doy más crédito a esto que acabo de leer ahora mismo escrito por el señor Larrimbe u opto por fiarme de esas personas que nunca han ejercido de jurados, que nunca han justificado una subvención, pero que nos reafirman en nuestra idea de que todo está podrido?