20.6.12

GEMELOS


A lo largo de nuestras vidas, hay personas que –para bien o para mal- forman parte de nuestra biografía. Porque les hemos conocido en nuestra etapa de aprendizaje: niñez, adolescencia, juventud. Es inevitable: dejan huella en nosotros, en nuestra manera de entender la sociedad, la cultura. Pues nada nos más marca más, de una  manera muchas veces indeleble, que el contacto con nuestros semejantes. Por encima de los libros que leemos, del cine que vemos…, aprendemos de las personas próximas. Las tenemos al lado e influyen en nosotros. Nos calan. Con el arte sucede lo mismo: más que el hecho de acudir a una charla, exposición o curso de un artista internacional, aprenderemos de los creadores próximos. De una manera, son nuestra familia.
Y así, los artistas de mi generación, cuando empezamos a pergeñar nuestros primeros dibujos, pinturas, esculturas…, nos fijábamos siempre en la generación que estaba, en lo relativo a la edad, inmediatamente por delante de nosotros. Pues la brecha temporal no era excesiva y existían, por tanto, muchas conexiones: les veíamos en la Facultad de Bellas Artes –ellos estaban acabando la carrera y nosotros comenzándola-, alternábamos por los mismos bares, acudíamos a sus exposiciones…. Con ellos hablábamos y de ellos aprendíamos: nosotros estábamos empezando y ellos ya tenían –o nosotros lo veíamos así- más bagaje, experiencia, tablas.
Uno de los artistas que influyó en su día en mi manera de entender el arte fue Alfredo Álvarez Plágaro. Alfredo, a finales de los ochenta, dibujaba cómics y pintaba. Algo muy habitual en aquellos años en Vitoria. Recuerdo que artistas como Mintxo, Koko Rico, Ciprés, Landazabal, Iñaki Cerrajería… alternaban ambos medios: cómic y pintura. También es verdad que era la época en la que se encumbraba en el ámbito nacional e internacional el expresionismo figurativo: el cómic se teñía de pintura y la pintura de cómic. Ambos medios caminaban de la mano y se daban mutuamente de comer.
Plágaro empezó en los años noventa a crear “cuadros iguales”: pintaba dos cuadros a la vez, intentando que no hubiera diferencias entre ellos. Eran obras cargadas de una filosofía muy irónica porque realmente todos los artistas se repiten, y a esa repetición se le llama “estilo”. Pues bien: Alfredo llevó el concepto “estilo” al extremo y la repetición formó parte consciente de su obra desde entonces. Una labor titánica e imposible, pues no hay manera de aplicar dos pinceladas iguales. Siempre hay entre dos trazos de pintura pequeñas variaciones. Sólo las máquinas son capaces de producir dos objetos idénticos. Así que podemos afirmar que las obras de Plagaro son gemelas, pero no idénticas.  Y Alfredo primero empezó a crear series de dos cuadros iguales, luego de cuatro, de ocho, de dieciséis… Como mismo declara, con mucha ironía: «Lo más importante no es lo que es, sino que lo que es lo es varias veces.»
Y estos días podemos ver los “cuadros iguales” de Alfredo Álvarez Plágaro en Artium. Vayan a verlos.