23.1.13

EL DUELO

Comenzamos un nuevo año con un desanimo generalizado en todos los ámbitos: sociales, culturales, educativos… En todos. Cada uno dentro de la parcela que le toca más cercana se lleva las manos a la cabeza y da gritos al cielo vilipendiando al político de turno, o bien se moviliza de alguna manera –protestando- o bien esconde la cabeza muy dentro de la tierra cual avestruz. El problema es peliagudo, hay mucha gente pasándolo mal e incluso los fulanos que antes miraban para otro lado como si la cosa no fuera con ellos ahora ya no tienen lado que mirar. No hay escape. La realidad es la que es: no hay dinero para pagar la maldita deuda ni lo habrá. Los mercados se nos están comiendo y cuando nos devoren de todo y ya no quede nada pegado a nuestros huesos se irán a buscar otro cuerpo con el que alimentarse. Cada vez debemos más, cada vez queda menos carne en ese gran jamón que se están zampando. Esta deuda no se tenía que haber ni empezado a pagar pero parece ser que nadie ha sido capaz de encarar el asunto con huevos, como dicen unos, o con ovarios, como dicen otras. El enemigo se nos antoja invisible al estar incrustado en nuestro cuerpo social. Así que nos quedan años de calamidades. No muchos, porque el jamón desaparece a gran velocidad. Si hubiera un planeta habitable lo suyo sería abandonar la tierra y empezar desde cero en otro lado. Para no asistir a semejante carnicería chunga.

¿Qué nos pasa que no reaccionamos? La crisis la estamos viviendo como las etapas de un duelo por la pérdida de alguien. Ya sea por una muerte o una ruptura amorosa. En nuestro caso, estamos viviendo un duelo por la muerte del estado de bienestar. Veamos: la primera fase es la del desconcierto e incredulidad. Es la primera reacción ante la noticia: “Esto no nos está pasando a nosotros”. Negamos la realidad, nos alejamos del hecho para intentar paliar los efectos del acontecimiento. Por esta fase ya la hemos pasado. Mientras atacaba al jamón, estábamos en estado de shock. En la segunda fase nos sumimos en una tristeza profunda y respondemos con agresividad. Se producen reacciones de descontento, de rabia, incluso ante quienes nos rodean, angustiados por ser los protagonistas de una desgracia le echamos la culpa a los que nos rodean. Algunos ya han pasado por esta fase. Pero el jamón disminuye. En la tercera nos toca vivir la desesperación y depresión. Con apatía, tristeza y fragilidad, nos vamos haciendo a la idea de la pérdida. Nos abocamos a la silenciosa resignación. Aquí creo que estamos todos ahora mismo. Y el jamón sigue menguando. En la cuarta, toca la aceptación de la situación. Va reapareciendo la necesidad de centrarnos en nuestras actividades, de abrirnos al mundo, de luchar. De buscar soluciones a lo que nos ha pasado. De dejarnos de lamentos. Asumimos la pérdida pero miramos el mundo con optimismo centrándonos en construir nuevos proyectos… Esperemos que en 2013 todos estemos entremos en esta fase. Y que con el hueso del jamón hagamos buenas sopas.