12.2.13

JARDINES


Hay dos maneras bien distintas de poner en marcha un proyecto. Una es la del jardinero: plantando, regando… Capa a capa, progresivamente, el jardín, el proyecto, va creciendo. Una sequía o una inundación no acaban con él, pues ante una dificultad, una crisis, el jardinero no abandona el proyecto: lucha, busca ayuda... Nada ni nadie acaba con su jardín pues tiene un compromiso con él y consigo mismo. A veces tiene que tomar decisiones difíciles, quizá prescindir de tal o cual planta, quizá cambiar de abono, eliminar la mala yerba… Se adapta a los tiempos. Porque es su proyecto y no lo abandona. No se va a ir a otro lado a construir un jardín nuevo. Sabe que quizá ese nuevo jardín le ayude a olvidar la pérdida del anterior. Pero el jardinero es sabio y sabe que en el nuevo jardín los problemas serán los mismos. Pasará un tiempo y todas las dificultades anteriores, las que tuvo con su anterior jardín y no resolvió, volverán. Así que permanece con su jardín trabajando siempre en él. Son sus plantas, su proyecto. Un proyecto que cambia, que muta, que crece y que sigue siempre vivo.
La otra manera de crear algo en la vida es la del constructor. El constructor siempre levanta proyectos nuevos. Y los abandona cuando cree que ya no funcionan. Apuesta por el cambio, embarcándose en nuevos proyectos. Algunos piensan que ésta es la mejor manera de funcionar. Para algunos obrar así les resulta audaz: cambiar, abandonar lo anterior, sumergirse en un nuevo proyecto... Vivir “el aquí el ahora”. Pero la realidad es que los constructores van dejando jardines abandonados a lo largo de su vida. Todo en ella es un volver a empezar. De cero. No ha aprendido a enfrentarse a los problemas. Piensa que estos vienen de fuera. Que la culpa es de tal inundación o de tal sequía. “No aguanto esta situación”, dice el constructor. Y se va. En el fondo el constructor destruye para después construir. Y repite errores con cada nuevo jardín. No aprende. Porque no se enfrenta a los inconvenientes. Escapa de ellos. No se hace más sabio por el camino. Lo único que hace es dejar tierras abandonadas una vez les ha exprimido su jugo. Deja tierra quemada detrás. Donde después será difícil que algo crezca de nuevo. Y llega un momento que se queda sin fuerzas para emprender un proyecto nuevo, para levantarse y empezar de cero de nuevo.
La forma de trabajar del jardinero no es actualmente la que prima en nuestra sociedad. Así vemos proyectos que llevaban muchos años funcionando que se abandonan a la primera de cambio. “La situación parecía insostenible”, dicen. “No podemos aguantar así”. “Lo hemos intentando, pero no”. Son constructores y destructores. Y se hacen viejos, pero no sabios. Una forma de actuar producto de nuestra forma de vida. De la sociedad de consumo. De la obsolescencia programada. Pero hay que cambiar el chip. Hay que defender nuestros jardines, nuestros proyectos. Necesitamos jardineros en la cultura y en nuestra vida y no constructores.