1.8.13

GLORIOSO

Nuestro Alavés -el equipo de fútbol de Gasteiz- ya ha ascendido a segunda. Gobierno Vasco, Ayuntamiento y Diputación apoquinarán dos millones de euros para echarles una mano esta temporada. Todo sea por apoyar a nuestro “glorioso” en su glorioso ascenso. Aunque con esa subvención no les llega ni para pipas: solamente pagar el canon –creo que se paga en julio- por subir de división supone medio millocente de euros. Así que tendrán que captar más la afición: más socios. Y luego están las televisiones, las quinielas y todo ese lío del que reconozco que sé bien poco por el que se obtiene también “money”. Más el sistema de venta de entradas: unos veinte euros por ver un partido. Mantener un equipo así, que está en segunda división, puede costar doce millones de euros al año, dicen. Como digo, sé bien poco del fútbol porque no tengo la suerte de que me guste ese espectáculo de masas. Y digo “suerte” porque de la misma manera que me parece una pasada que un político pagado con dinero público gane diez veces más que un profesor o un médico (funcionario público), me horripila que un jugador de fútbol gane cincuenta veces más. Y no quiero estar horripilado.
¡Y que nadie diga nada sobre el dinero público que se invierte en mantener los equipos del fútbol profesional!: los futbolistas son los nuevos dioses de esta loca sociedad en la que vivimos. El “deporte Rey” le llaman. Y así es. A los profesionales del fútbol se les permite todo, a sus seguidores, casi todo. Yo me lo pierdo, lo reconozco: si fuera forofo de un equipo de fútbol no tendría que tener esta especie de mosqueo contra el balompié profesional. ¿Qué un jugador gana un pastizal subvencionado además por mi Ayuntamiento -360.000 euros- en pleno escenario de recortes sociales? Perfecto. Me daría igual, me haría además abonado, pagaría veinte euros, animaría a mi equipo, me tomaría unas cervezas y sería feliz ese día. Pero no tengo esa capacidad, lo admito. Algunos me llaman raro, otros aburrido, los menos me tildan de aguafiestas o de “cortarollos”. Y es que puedo disfrutar leyendo un libro, viendo una película, visitando una exposición, yendo de potes con mis amigos, dando un paseíto por mi ciudad cuando acompaña el buen tiempo… pero el fútbol me aburre soberanamente. No sé si me aburre porque los valores que representa no me interesan en absoluto (competitividad, espectáculo, negocio, lenguaje victoria-derrota...) o porque los valores que representa me lo hacen aburrido. Cuando alguien me habla de balompié yo suelo soltar la siguiente gansada: “lo que tendrían que hacer es repartir balones para todos los jugadores y que dejen así de pelearse.”

Siempre he defendido el deporte de base: funciona como pegamento social. Ver en un barrio a gente de diversas etnias jugando unos contra otros, divirtiéndose, sin mosqueos, sin cobrar un solo euro por ello… me parece “glorioso”. Ya sea fútbol, pelota, baloncesto… Ese es el tipo de deporte que tendrían que apoyar con dinero público.