1.11.13

TRECE

El proyecto “Itinerario muralístico de Vitoria-Gasteiz” presenta públicamente hoy su decimotercer mural. Los doce trabajos anteriores pueden ser contemplados en el Casco Viejo. Son murales con excesiva presencia, sin conexión entre sí, de temáticas variadas, que no se integran con su entorno sino que compiten con él. Se proyectan sobre las paredes sin adecuarse al soporte: si en este nos encontramos con un vano, una ventana, el hueco se ignora, como si no existiese. Por otra parte, el mural público, medio usado históricamente como herramienta de expresión crítica –pues se desarrolla en el espacio urbano- se convierte en este caso en un mero elemento decorativo. Que incluso imposibilita el despliegue de otros medios de expresión del arte urbano de carácter contestatario: graffiti, plantillas, pegatinas…, pues ahora mismo tenemos doce paredes del Casco Viejo anuladas. Es paradójico que unos murales que son realizados de manera colaborativa, con la cooperación de diversas personas, no tengan en cuenta que el compromiso con lo colectivo se extiende más allá de ellas y de su trabajo. Y, por el contrario, que obras de artistas urbanos que trabajan individualmente traten, en cambio, problemas de raíz colectiva. La conclusión es clara: un trabajo colectivo muchas veces sirve para que el compromiso –todo buen arte es comprometido- se diluya entre dicho colectivo y no para amplificarlo.
Pero el decimotercer mural es una excepción. Quizá porque el peso, bagaje, la autoridad, del artista que ha coordinado el proyecto, Javier Hernandez Landazabal, ha podido contra esa disolución de compromiso de la que hablamos. Pues “autoridad” no significa “autoritarismo”, sino ser autor. Y éste es un mural de autor.

Es un mural comprometido, sin concesiones a la amabilidad, que habla de un suceso histórico que forma parte de la biografía de esta ciudad: los asesinatos por parte de la policía de cinco trabajadores durante la jornada del tres de marzo de 1976. El mural se ha realizado cerca del lugar de los hechos, en pleno barrio de Zaramaga. De una manera inteligente, el muro se convierte en un panel de notas en el que cronológicamente vemos fotografías, recortes de periódicos dando parte de ese suceso, del contexto histórico y de lo que posteriormente y en relación al “Tres de mazo” ha sucedido. Es un mural que no sólo se queda ahí, pues también habla de la lucha obrera. Y de la represión autoritaria. Algo, por tanto, muy actual en estos momentos de crisis. Compositivamente, el mural se integra en su entorno, con los edificios adyacentes, porque parte del muro no se ha pintado. Y al ser monocromo, su presencia no se impone. Aunque cuando se relata el momento actual aparece el color. Por otra parte la composición respeta las ventanas, los vanos, del edificio. Algunos de los recortes de periódico están sujetados con siete chinchetas rojas, una por cada trabajador muerto. Los disparos, por tanto, son representados por chinchetas. Buena alegoría. Y buen trabajo.