27.4.14

CEREBRO


Desde pequeño, he tenido afición por dibujar. En parte, dibujar era un juego para mí. Pero era un juego distinto a otros. Dibujando se me pasaban las horas tranquila y plácidamente. Me abstraía. Y en solitario. No muchos niños alrededor mío tenían esa facilidad para plasmar la realidad, o la ficción, sobre el papel. En mi colegio, en mi clase, por ejemplo, sólo varios compañeros dibujaban bien. Algunos mayores decían que esto se debía a que yo tenía talento para el dibujo y los otros chavales no. Cuando el “profe” tenía que dibujar algo difícil en la pizarra, me pedía a mí para que lo hiciera por él. Era una responsabilidad dibujar delante de mis compañeros, pero el dibujo tenía un poder mágico: cuando yo dibujaba el mundo externo desaparecía. Tragaba saliva, salía la pizarra, me concentraba en las líneas y en los colores… y el nerviosismo, la timidez, desaparecían. Pero seguía sin entender cómo un niño como yo era capaz de dibujar mejor que los profesores, personas adultas con muchos más conocimientos que yo.

En la facultad de Bellas Artes, años después, una profesora nos dio clases de dibujo. Siguiendo las enseñanzas de otra maestra californiana de arte: Betty Edwars. La doctora Betty decía aplicar descubrimientos sobre el funcionamiento del cerebro a la enseñanza del dibujo. Según ella para dibujar bien había que usar el lado derecho del cerebro. Y no el izquierdo. Pues nuestro cerebro se divide en dos hemisferios. Y según algunas teorías, el diestro procesa la información usando mayoritariamente el método de síntesis. En él se registran los sentimientos, las habilidades especiales, visuales y sonoras. Concibe las situaciones de un modo general, total. El hemisferio izquierdo es más analítico, racional. Reconoce grupos de letras formando palabras y frases tanto en lo concerniente al habla y a la escritura como a la numeración, las matemáticas y la lógica. En su libro “Aprender a dibujar con el lado derecho del cerebro”, Betty explica en él, refiriéndose a sus primeros años de maestra: “Observé que los pocos estudiantes que habían aprendido a dibujar no progresaron gradualmente, sino que mejoraron de golpe. Una semana antes seguían luchando con imágenes estereotipadas e infantiloides, y de repente, a la semana siguiente, ya podían dibujar bien. Pregunté a los estudiantes: « ¿Qué haces ahora al dibujar que no hicieras hace una semana, cuando aun tenias problemas?» Casi siempre, los estudiantes respondían algo parecido a «no hago más que mirar las cosas»” Y sí, el método funcionaba. A partir de unos sencillos ejercicios en la Facultad de Bellas Artes la gente aprendía a dibujar. Entraban, en el modo “D”.

Con el tiempo he visto que no sólo para realizar arte hay que funcionar con el lado derecho del cerebro, sino que también para disfrutar de él es preciso hacerlo. Incluso podríamos ir más allá y afirmar que para disfrutar de nuestra vida, necesitamos pasar al modo “D”. Y dejar la lógica del lado izquierdo aparcada.