10.5.14

JUAN MIEG

Como otra más de tantas mañanas, Juan acude a la antigua carnicería que desde hace lustros es su estudio. Son muchos abriles ya acudiendo a diario a este lugar. Tiene agua, luz… Casi no hizo arreglos en su día. ¿Para qué? Tal como estaba servía perfectamente para pintar. No necesita más.

El artista se calza unas zapatillas de casa, se cubre con una bata desbordada de manchas de pintura, y, como siempre, pone música. Música clásica. La música inunda suavemente la otrora carnicería. Y su cabeza. Entonces se dirige hacia un cuadro situado sobre un caballete, instalado éste sobre una gran alfombra. Una alfombra que parece también una obra suya, pues las salpicaduras de pintura acumuladas sobre ella a lo largo de los años conforman una gruesa capa que no deja ver ya su color ni su textura original. Bata, zapatillas, alfombra protegen al artista del frío de la antigua carnicería. Juan extrae entonces un raido pincel de un tarro. Un pincel cuya férula tiene una gruesa capa de pintura que lo deforma, pues el artista ― después de que su jornada diaria ha terminado ― siempre limpia el pelo de los pinceles, pero nunca se preocupa de limpiar sus mangos. Y así el óleo se va secando, acumulándose capa a capa, desfigurando, engruesando, sus formas. Juan unta distraídamente las cerdas del pincel en óleo. Unas cerdas raídas. Pero eso le gusta. El trazo queda así más irregular. Se acerca al cuadro, un cuadro de gran tamaño, se aproxima a dos palmos de él y pinta sobre su superficie. Que está llena de rayas y colores. Pero añade una más. Después se aleja de la obra y mira el resultado. Vuelve a untar el pincel, vuelve a acercarse, vuelve a pintar otra raya. Vuelve a alejarse. Por eso Juan siempre pinta de pie. Para poder ir y venir. Meterse en el cuadro y salir de él. No piensa. Nunca piensa. Ni cuando se aleja. Porque Juan no mira el resultado con los ojos sino con la parte posterior de su cabeza. Pues la obra se tiene que proyectar directamente en su subconsciente. Detrás de la cabeza, no delante. Como una sacudida. Como un golpe que alguien te da por detrás. Y si miras pensando, eso no sucede. Juan lleva pintando para él cincuenta años.

Pero hoy pinta mal, nervioso. Porque en unas horas, a la tarde, tiene que acudir a Artium. A la inauguración de su exposición. Y Juan no es amigo de inauguraciones. Lo suyo es pintar. Es su meditación. En el fondo lleva toda su vida pintando el mismo cuadro. Uno que nunca termina. Pues es uno, pero dividido en muchos capítulos. Llega un momento que una hoja de ese diario de su subconsciente ya está llena. Y hay que pasar a otra. Nunca hay un boceto, una idea previa, por tanto. Los colores, los trazos se vuelcan en los lienzos. Según salen.

Y ahora está un poco incómodo porque sabe que hoy alguien le preguntará en su inauguración por el sentido de esos cuadros. Y el resoplará. ¿Qué explicación? ¿Cómo explicar esto? No se puede. Quizá el resoplo sea la mejor explicación.