24.9.14

MEDIEVO

Dentro de unos días tendrá lugar el mercado medieval en Vitoria-Gasteiz. Nuestro Casco Histórico acogerá este bullicioso bazar supurante de caballeros andantes, escuderos, princesas, príncipes y damiselas. Nada nuevo. Una vez más dos centenares de puestos, que además de productos nos ofrecen recreaciones en directo de los oficios de antaño, se despliegan sobre el corazón de nuestra ciudad. Actores y vendedores trabajando al unísono para representar los papeles de herreros, carpinteros, orfebres, vidrieros, panaderos... Como en una película, se recrea un antiguo bazar en el que conviven fraternalmente las culturas cristiana, árabe y judía. Todo un sueño. El mercado se adereza, además, con malabares, títeres y espectáculos de fuego y cetrería. Asistimos, por lo tanto, a un ejercicio de recreación amable de un pasado que sólo hemos visionado en películas. Pero aquí no hay malos, todos son buenos. Porque nadie quiere traer al presente ese pretérito tenebroso que fue la Edad Media. Eso no mola. Queremos sumergirnos en un pasado despojado de brujas, inquisidores, reyes tiranos y campesinos empobrecidos por el pago de excesivos e injustos impuestos. Para eso ya tenemos a unos miles de kilómetros nuestros a una creciente legión de fundamentalistas islámicos enfebrecidos por regresar a épocas de Guerra Santa donde el deporte favorito era despellejar infieles. Nosotros queremos visitar nuestro pasado medieval pero quitándole lo chungo. El decorado perfecto ya lo tenemos: el Casco Histórico. No hay que construirlo, ya está hecho. Y sobre ese decorado despojado para este menester de historia -pues la historia es un poco aburrida; ya la estudiamos en el “cole” y a veces suspendíamos-, instalamos el attrezzo y a los figurantes. Un decorado que, dicho sea de paso, también sirve para que el resto del año se paseen los turistas.

Pues bien, este tipo de mercados están triunfando ahora en numerosas ciudades europeas. Porque todas ellas, la mayoría, disponen de un centro histórico de interés sobre el que se pueden instalar bazares. Con el ánimo del que el ciudadano pueda comprar, consumir. En definitiva, por poco dinero, ya tenemos un evento cultural multitudinario y exitoso donde la gente compra, bebe, come... Y, sobre todo, puede olvidarse de su actual presente. Convertir la calle en un supermercado en el que los vendedores están disfrazados y además nos entretienen es un éxito seguro. ¿Es esto cultura y debe de ser subvencionado por un departamento de Cultura? Por supuesto. Tantos miles de ciudadanos empapuzándose de pastelitos medievales no pueden equivocarse. Es lo que quieren y se lo damos. Ya irán a un gimnasio municipal –quizá también medieval- a bajar peso.

Las instituciones, los ayuntamientos, quieren trasladarnos al pasado. Quizá echen en falta, añoren, ese pretérito mundo de siervos y esclavos. Y de analfabetos. Pues no olvidemos que la Edad Media fue llamada también la Edad Oscura.