11.10.14

DESPEINADO

No se puede vivir sin poesía. Y no hablo de leer poemas. No hablo de construir frases que se conjuguen armoniosamente a través del uso rítmico de las palabras. Hablo de sensaciones indefinidas, abstractas, vagas que surgen como destellos en ciertos momentos de nuestras vidas. Y algo las produce. A veces escuchamos una canción y su alquimia nos cala. Su melodía, su letra, nos provocan un desorden en nuestros sentidos, pues el arte tiene esa capacidad: sumergirnos en la realidad de un mundo sentido, de nuestro mundo sentido.

Rimbaud, un poeta adolescente y despeinado, escribió una vez: “Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas si yo sabré expresárselo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos”. En torno a esta frase, Artium nos presenta hoy la exposición “El desarreglo. El curioso caso del arte despeinado”. Una veintena larga de obras -la mayoría de ellas objetuales, volumétricas- de la colección de nuestro museo han sido seleccionadas y puestas en relación entre sí por el director de Artium Daniel Castillejo. Las piezas -de carácter estructural inestable, conceptualmente poco amables- se han situado diseminadas sobre el espacio diáfano de una enorme sala de Artiun, pues se han derribado los compartimentos que dividían el espacio, dejando el lugar sin barreras arquitectónicas.

Estamos a siete metros bajo el nivel de la calle. Las paredes no se han pintado. La sala parece un gran bazar. Las piezas dialogan entre sí en un contexto intencionadamente desaliñado. Nos encontramos ante un epatante e inabarcable poema realizado con versos de diversos autores.

El hecho de que sea el propio director de Artium, de una gran institución ordenada, “arreglada”, el que haya pergeñado esta gran alucinación poética tiene, o debe de tener, un sentido. ¿Será que el arte vive un momento “desarreglado”? ¿Será que la sociedad vive un momento “desarreglado”? ¿O nuestra ciudad?

Vivimos un momento en el que el activismo social parece resurgir. ¿Necesitamos también de un activismo poético, artístico, para que las cosas cambien, mejoren? Pues el arte es como una grieta. Un resquicio que se abre –que se nos abre- dentro de una sociedad que intenta entenderse y explicarse a sí misma sólo a través del uso de la razón, del conocimiento.

“Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos, para no quedarse sino con sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, por la que se convierte entre todos en el enfermo grave, el gran criminal, el gran maldito, — ¡y el supremo sabio! — ¡Porque alcanza lo desconocido! ¡Porque se ha cultivado el alma, ya rica, más que ningún otro!”, escribía Rimbaud.