31.5.15

CHOLLOS

Nos molan los mercadillos de baratillos. Nos acercamos a ellos con la esperanza de encontrarnos con tesoros insospechados… y a precio de saldo, a poder ser. En definitiva: la búsqueda del chollo, el regateo, el trapicheo, la calle... son buenos ingredientes para que una mera compra se convierta en una experiencia emocionante. Por no hablar del peculiar ambiente, de esa atracción que ejerce el contexto callejero, rallando a veces lo clandestino. No es de extrañar que en los rastrillos haya más gente que en los museos.
Y así, bajo diversos nombres, nos los encontramos por todo el mundo: mercado sobre ruedas, mercado al aire libre, mercado de pulgas, rastrillo, bazar, feria libre, zoco, pulguero, plaza, tianguis… Uno de los más conocidos es el Rastro de Madrid. Hablamos de más de 3.500 puestos de venta. Y de un cuarto de milenio de existencia. En su día, el rastro madrileño nació alrededor del antiguo matadero. De ahí su nombre, pues en el siglo XVI “Rastro“ era sinónimo de desolladero.

Y Vitoria tiene su rastro. Todos los domingos acudo a él. Gran parte de los libros y cómics con solera que atesoro los he adquirido allí. Recuerdo que hace años, en vez de ocupar la Plaza de España, nuestro rastro se desplegaba por los Arquillos. Pero claro, nuestra ciudad no es amiga del desmadre. Más bien es amiga de poner puertas al campo. Y así, desde hace años, el rastro no está solo regulado por nuestro Ayuntamiento sino -como dicen los jóvenes- “lo siguiente”. Tal es así que desde el año pasado nuestro Consistorio viendo la anarquía y el jolgorio de cachivaches que se desplegaban en dicho espacio los domingos, decidió dar otra vuelta de tuerca al asunto normativo y exigir que el rastro de la Plaza de España pasara a ser a ser un Mercado de Coleccionismo. ¿Cómo? Limitando lo que se puede vender. Y así no es posible mercadear ya con bártulos y antigüedades. O sea: lo más interesante lo quitamos. Es como promover “el poteo”, pero en vez de zuritos y vinos, de cerveza “sin” y mosto. Menos mal que la mayoría de los veinticinco comerciantes que tienen puesto en él, se ha pasado la nueva normativa por el forro de… la cuestión.


Si tuviera la desgracia de ser alcalde por un rato, aprovecharía ese lapso de omnipotencia –si Maroto no la hubiera gastado antes toda, claro- antes de que me echaran o me intentasen sobornar, para promulgar un decreto permitiendo que nuestro rastro se desmelene lo que quiera. Y que ocupe la Plaza España y los Arquillos. Incluso el mismo ayuntamiento, porque ahora se traslada y deja un buen hueco. Aunque el salón de plenos y los despachos de alcaldía, grupos municipales o zonas de representación se mantendrán en la Plaza de España. O sea: los 500 funcionarios se irán al quinto pino, pero nuestros políticos se quedan en el centro, que hay más ambiente. “Donde manda capitán no manda marinero”, dicen. Apunte: durante treinta años, pagaremos un alquiler de 2.900.000 euros anuales por las nuevas oficinas. Un chollo de rastrillo, vamos.