4.10.16

TÉMPORAS CULTURALES

Septiembre marca también el inicio del curso de las agendas culturales. Quizá, como las famosas témporas, este noveno mes esté anunciando cómo será el clima cultural de aquí al curso que viene. Deseamos que no. Porque hemos vivido tres iniciativas pretendidamente culturales que esperemos no marquen nuestro futuro cultural.

Por una parte, acogimos una nueva edición del FesTVal. Un evento mediático pensado para que Vitoria “salga en la tele” y, por otra parte, para que los vitorianos puedan apretar la mano –incluso quizá recibir un beso- de los famosos de la “caja tonta”. También otro año más su director pedía más presupuesto para la edición de 2017. No pedía más dinero para la cultura de la ciudad, no. Eso se la trae al pairo. Sólo pedía más “money” para su “festi”. El consabido “¿Y qué hay de lo mío?”. La solidaridad no debe ser un valor a contagiar trasmitido por los “protas” de las teleseries cuando uno se codea con ellos. Resumiendo: 260.000 euros de dinero público finiquitados en seis días. Tirando, además, de voluntarios laborales. A los que pagarán con autógrafos, digo yo. Pero, necesitan un incremento de dinero público para hacer algo, como decía su director “más potente”. En esta ciudad hay espacios culturales cuyo presupuesto anual no llega ni a la quinta parte de lo que recibe este festival. Pero, bueno, no salen tanto en la tele. Que los cierren.

Después, vivimos la entrega del Celedón de Oro. Que curiosamente el año pasado recayó en el director del FesTVal. Un premio que se otorga desde 1962. Así que está blindado a toda crítica. Pero, ¡ojo al dato!: sólo tres mujeres han recibido este reconocimiento y en sus 53 ediciones ninguna de ellas ha sido reconocida de forma exclusiva. Suena un poco como… ¿retrógrado? Hasta aquí puedo leer pues un menda no quiere ser exiliado fuera de las murallas de esta ciudad. Es más: creo que las personas que integran la insigne institución van a quitarse a lo largo de este año esas gafas que les impiden ver a las mujeres que les rodean. O, de no ser así, vaticino que el Ayuntamiento va a dejar de subvencionarles.

Y finalmente, ya que hablamos de murallas, hace unos días el Casco Viejo se convirtió en de nuevo en un parque temático inspirado en nuestro pasado medieval. Eso sí, un pasado en el que moros, cristianos y judíos se llevan todos bien porque tienen a no sé cuántas miles de personas que van comprar decenas de productos que para nada tienen ingredientes medievales. Es el triunfo de la sociedad de consumo. Nos encanta comprar. Menos mal que este año, al menos, han prohibido que se exhiban aves rapaces que son especies protegidas. Gracias a que varias asociaciones animalistas denunciaran el pasado año semejante aberración. Hace doce meses yo mismo sentenciaba en este -también mismo- espacio lo siguiente: “Convertir la calle en un supermercado en el que los vendedores están disfrazados y además nos entretienen es un éxito seguro.”