3.11.16

SIRENA

Vivimos pisando suelo. Los humanos podríamos haber evolucionado como especie área, cual aves. O acuática, como los peces. Pero nos ha tocado –no sabemos muy bien por qué- arrastrarnos por tierra. Sí que es verdad que, revelándonos contra la naturaleza, contra nuestra propia naturaleza, hemos ideado artefactos que nos permiten remontar el vuelo emulando a gorriones y gaviotas o introducirnos en los océanos como delfines -o quizá tiburones-, pero, hasta el momento, pensar en que nuestros cuerpos puedan funcionar en el medio acuático o aéreo es algo que queda circunscrito a otro medio: al abstracto de nuestra imaginación, pues el “simio marino” o “acuático” pertenece al mundo de los sueños.
Estos días podemos visitar en el espacio expositivo Zuloa la exposición de Anabel Quincoces titulada Sirenaren osoa-Onacel -El bosque de la sirena. Una instalación conformada por pinturas, proyecciones, obras tridimensionales… que se entretejen y conjugan en base a un relato que parece extraído de la mitología griega: “la enigmática sirena Onacel nos muestra su exilio en bosque y nos descubre que mar y tierra se confunden rebosando vida, misterio, oscuridad y luz. Onacel ha descubierto en este ambivalente lugar que su canto de sirena es un canto de silencios. Su intención no es otra que la de atrapar la mirada del observador para trasmitirle el murmullo de la belleza de lo invisible, la alegría de transitar por un espacio al que no se pertenece del todo”, según nos cuenta su autora.
El universo acuático ha sido una constante en la trayectoria de Anabel Quincoces. Recordemos, por ejemplo, su instalación permanentemente Water Flames (Flowing)  -una obra conformada por 300 piezas de vidrio soplado- que está situada en el techo de la Antesala del Museo ARTIUM de Álava y que fue realizada en 2007. Una pieza que nos remite a un universo en estado líquido presente también en otra pieza de la colección de nuestro museo: una fotografía pergeñada en 1991 en la que la propia autora, representando un remedo de sirena, aparece sumergida en oníricas aguas.

Recordemos que la primera mención que se conoce de las sirenas es en La Odisea, cuando Odiseo (Ulises) se enfrenta a su canto en la mar. Según la mitología, las sirenas, con su voz, eran capaces de encantar a los marinos con el propósito de abducirlos. Como Ulises tenía la irresistible curiosidad de escuchar su arrullo, ordenó a sus hombres que se taparan los oídos con cera y él se hizo atar al mástil. Es así como pudo disfrutar del “arte musical” de las sirenas sin sufrir sus duras consecuencias. Dicen los estudiosos que el  canto de las sirenas simbolizaría nuestras pulsiones desenfrenadas, la fascinación ante un objeto ideal pero que sabemos fatídico. En el caso que nos ocupa, el de la muestra “El bosque de la sirena”, hablamos de un paradójico, contradictorio, “canto de sirenas mudo”, pues Anabel opta por representar el arrullo sirénido de manera visual. Merece la pena “sumergirse” en esta muestra.